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martes, 7 de octubre de 2014

Poesía




Ilustración de Jose Antonio Ruiz-Roso Parralejo


 
Dos pasos y mirar al costado fingiendo que no siento
el aliento del enemigo pegado a mi nuca.
Tres pasos y la frontera entre los mundos me recibe
con una salpicadura de fuego.  No hay que dormir,
no hay que abrir los ojos del todo.  Lento, lento,
mueves una mano con gracia como quien va a danzar.
El cuerpo listo; listo el grito que ha de espantar los cuervos.
Arriba de ti el cielo es una herida,
y el agua que te toca los pies 
con la punta de la lengua espumosa
es de color azufre. El enemigo tiene hambre como yo
y apetece los mismos vientres blanquísimos,
las menudas vergas de yeso y madreperla,
como joyas tiernas erguidas, húmedas en el atardecer;
quiere las mismas bocas temblorosas, las mismas
cinturas cimbreantes.  Al enemigo
lo cristianaron con mi nombre:
No puedo deshacerme de sus pesadillas ni de su anhelo,
no puedo matarlo.     Cuatro pasos para la totalidad.

¿Sabe alguien la cifra secreta que apacigua a la Sombra? 




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