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martes, 6 de mayo de 2014

Triángulos Mágicos, novela (sobre el autor)




                      Amanda Román





Sobre TRIÁNGULOS MÁGICOS


Armé la primera mitad de Triángulos mágicos en la isla, poco antes de hacer mis maletas para irme de allí definitivamente, y la terminé en la ciudad de Quito, adonde iba a pasar la siguiente década.  Acababa de cerrar la segunda parte de Brujas, un libro llamado Confesiones nocturnas (Planeta Mexicana, 1992) que no conoce mucha gente, y había decidido que lo mío era la novela.

Escribir Triángulos… no solo fue divertido, sino que además funcionó para mí como un exorcismo: Conocí de muy cerca personajes de carne y hueso parecidos a Margo, sus amantes y sus amigas, y en medio de la debacle nacional que se nos echó encima a principio de los noventa, comencé a entrever que algo cambiaba una vez más en Cuba como de costumbre, “para peor” y que lo que dentro de mi generación se vivió como una de las pocas alegrías clandestinas que tuvimos esa forma alegre y desinhibida de asumir el sexo, al más puro estilo de “haz el amor y no la guerra” se desintegraba para dar paso a los tristísimos aires de la prostitución, que hizo presa en tantos jóvenes cubanos.

Cuando Planeta publicó la novela hubo numerosos lectores en especial, lectoras que me escribieron, entusiasmados, identificándose con los protagonistas, lo cual fue un consuelo, porque mi nuevo país, Ecuador, no era lo que se dice un lugar muy adecuado para revivir las andanzas de Margo y sus dos chicos...  Aquella primera edición fue la postrera, y hasta el día de hoy recibo notitas de gente que me pregunta dónde encontrar el libro, o me piden una segunda parte.

Margo que me recuerda tanto a mí misma en cierta época sigue siendo uno de mis personajes favoritos.

"Triángulos mágicos", una novela de Chely Lima, 

                                       
Foto: Leonor Álvarez-Maza


Poesía




  Iván Generalic  (Ciervos en el bosque)




No, yo no extraño California, 
tan solo paisajes interiores:

Venados pastando en las terrazas 
de madera del mar.

Largos territorios enmarañados y verdes.

Secoyas de niebla, húmedos templos 
donde se encabritan los helechos;
isletas labradas por el agua y las inevitables gaviotas.

Chicos que se exponen al sol de la costa 
para besarse las vergas erectas
con lenguas erectas y aliento a marihuana. 

Sólo paisajes:
Azogue vertido en la bahía sobre una lámina de plata.
Horizonte fileteado de gris, y nubes grises,
y grises rascacielos al final de los puentes.

Barrios donde el silencio se derrama 
como un delicado licor de estío.

Tú mismo -yo- sentado en la acera 
de cualquier esquina,
con el jean sucio de arena, 
en la radio una emisora de rock, que parpadea,
y ese anillo de tinta dibujado 
en torno al dedo gordo de tu pie descalzo.