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domingo, 13 de abril de 2014

Poesía





Rubenimichi





Lo que les dijo el licántropo

Voy a toda velocidad porque llevo
un cuerpo en el maletero del auto.
Y puse música en la radio tratando
de cubrir los gritos. Los gritos.

Empero nadie podría detenerme,
Nadie.  Nadie me va a demandar.
 Y es que el cuerpo que llevo
maniatado, embozado, cubierto
de kama salila, fosforescente
escama de esturión en la medianoche,
ese cuerpo es el mío.

Es el mío, señor agente, mírelo
retorcerse, mírelo no más:
Es la negación
de la negación, y si cree usted
que esa doble vuelta de tuerca
sirve para afirmar, se equivoca.

Un cuerpo que se mira en el espejo ajeno
no es un cuerpo confiable.
Un cuerpo que se mira en el espejo
de los que se miraron en otro espejo ajeno, 
un espejo enemigo -y con eso ya son dos
espejos y dos los enemigos…

Un cuerpo que es una mutación, que pertenece
a una subespecie ignota. Un cuerpo
como una bestia salvaje, que muerde
si lo acaricia la mano errada.

Un cuerpo sin domesticar.

Madre, tu hija es un lobo, óyela ladrar
a la piel de cordero que le designaste.

Padre, tu hijo es un lobo, óyelo ulular
mirando la luna llena en el sexo de otro hombre.

Hermanas, dieron cobijo a la persona equivocada.
Hermanos, me han dejado acechar tras la tapia,
sin saber que mis pupilas calcinan la cómoda sombra,
que mi lengua gotea veneno. Que mis garras
están ávidas de sangre siempre, siempre.

Que un licántropo se quiere alimentar
solo del cuerpo de los dioses,
y tiene a cambio que saciarse en las túrbidas linfas
de los que acostumbran a pacer en manadas.

Atrás, cazadores de colmillos embotados.
Atrás, pastores trémulos y perros ovejeros.
No hay una sola bala de plata en vuestras escopetas
mercadas con el sudor de las frentes.

Y ténganle mucho miedo al plenilunio,
que un día
las plazas, las playas, los santuarios,
las autopistas de vértigo,
las estúpidas oficinas,
las discotecas de plástico
de esta inmunda ciudad
se llenarán de aullidos.





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