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lunes, 9 de septiembre de 2013

Poesía




                   
               Jean Delville  (Orfeo)  



                                               Yo soy un pez, un eco de la muerte,
en mi cuerpo la muerte se aproxima
hacia los seres tiernos resonando,
y ahora la siento en mí incorporada,
ante tus ojos, ante tu olvido, ciudad, estoy
(muriendo,
me estoy volviendo un pez de forma                                                        (indestructible,
me estoy quedando a solas con mi alma,
siento como la muerte me mira fijamente,
como ha iniciado un viaje extraño por mi alma,
como habita mi estancia más callada,
mientras descansas, ciudad, mientras olvidas.

Gastón Baquero, Testamento de un pez



Orfeo no debe mirar atrás.

Avanza en la sombra 
con los ojos puestos en la débil mancha blanca
de la boca de la caverna.  Sube dificultosamente.

Sube en silencio, procurando percibir el latido
del corazón de Eurídice -que no late-,
intenta percibir cualquier sonido, 
un soplo del aliento de la que ama.

Le advirtieron que no puede mirar atrás
si no quiere perder a aquélla que le sigue, 
pura sombra, sonámbula
dentro del sueño que es la muerte.

La luz arriba, débil, titilante, llama a Orfeo;
la piedra parece 
querer desmigajarse bajo sus plantas.

Él sube, en silencio, con los labios cuarteados.


Yo soy Orfeo.  
Pero no quiero ser Orfeo: Orfeo falló.

Necesito subir aún cuando no perciba 
a mis espaldas tu aliento.  Necesito recobrarte 
a la entrada de la caverna,
necesito sacarte a la luz y despertarte.

Yo no soy Orfeo, yo quiero ser más que Orfeo.
Tú no eres Eurídice, eres yo mismo-yo misma.

Tú serás rescatado.

  

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