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viernes, 27 de septiembre de 2013

Poesía




         Dorrit Black  (El puente)





Wiracocha

1
Te hablo a ti… que no eres parte de la manada. 

Tú, a quien es posible que alguna vez la manada misma haya echado de sus filas porque eres la oveja extraña, el carnero solar.

Tú, a quien a veces pareciera que le cuesta encontrar su lugar en el mundo, porque no tienes un sitio fijo, porque eres el errante, el que emprende viajes disparatados dentro o fuera de sí.  

El que no se está quieto.  

El que siempre, de un modo u otro, se las arregla para estar fuera del sistema, de cualquier sistema, porque es difícil manejarte, porque no hay como encasillarte, porque es que te saliste del molde pre-establecido, y donde otros ven paredes lisas tú ves puertas.

2

La avanzadilla de los Enviados duerme…  Esperamos el momento en que deberemos cubrirnos de carne, sangre y huesos para caminar de nuevo entre los hombres.

Estamos dormidos y al mismo tiempo estamos despiertos.  

Flotamos en un tiempo fuera del tiempo, en un espacio fuera del espacio.  

Somos eso que los hombres han dado en llamar dioses, elfos, ángeles, demonios, extraterrestres…

Somos los que van de planeta en planeta habitado por criaturas racionales para transmitir las artes de la supervivencia y el soplo del Espíritu.
           
Estamos en la tierra y al mismo tiempo no lo estamos.  Nuestro verdadero ser habita un plano sutil, pero los nudos solo se deshacen en el plano más denso, donde no tenemos memoria de quiénes somos.

Hemos vivido sabiendo sin saber, llevando adelante la misión que nos fue encomendada, y solo cuando nuestra envoltura física comienza a deshacerse es que nos encontramos de regreso al sitio fuera de cualquier sitio donde permanecemos inmóviles, 

levitando en la luz, colocados dentro de una tenue envoltura en la que aguardamos la hora del regreso, en el momento en que se nos requiere para ligar el final de un ciclo con el comienzo de otro.

3
La última vez que tuvimos carne, sangre y huesos… llegamos por mar a un enorme continente que recorrimos de arriba abajo y de derecha a izquierda.  

Por allí por donde pasábamos, la gente nos seguía o nos combatía, nos escuchaba o intentaba expulsarnos para que no opacáramos su poder temporal.  

No somos guerreros, sin embargo, debimos pelear numerosas batallas.

Y debo agregar que ser hombre es difícil, porque la carne, la sangre y los huesos tienen apetencias que pueden llegar a torcer nuestro destino, apartándonos de la misión que una vez nos encomendara Aquello Más Antiguo.

4
Todos los hombres llevan adentro un nudo… Nacen con él. Y el nudo se va apretando más y más a medida que crecen.

Los Enviados apenas podemos ver en el tiempo durante el que flotamos fuera del tiempo. 

Levantamos nuestros párpados ausentes sobre unos ojos que no lo son, y cuanto percibimos es una pradera blanca, infinita, poblada con súbitos destellos.  Blanco sobre blanco.  La nada.  

Pero cada vez que se deshace un nudo en la tierra, en el interior de un ser humano, los Enviados abrimos los ojos dentro del sueño que no es un sueño, y podemos verlos.

Debo agregar que el nudo es siempre más grande dentro de los elegidos, esas criaturas que no forman parte de la manada.

5
Una vez los hombres nos dieron nombres memorables…  Nos llamaron Wiracocha, Ku, Kane, Kama, Ilo, Mauri, Ra, Rangi, Papa, Taranga, Kura, Kukara y Hiti, pero los nombres no tienen importancia, los nombres son apenas denominaciones temporales.

Wiracocha, nuestro hermano mayor, va juntando a los de su propia manada, aquellos que no saben muy bien lo que saben y nunca están seguros de que todo haya comenzado cuando comenzó verdaderamente.

Tú que lees estas palabras: Puede que estemos a un tiro de piedra de tu frente.

No te empeñes en buscarnos.  No escudriñes la niebla a tu alrededor tratando de avistar la avanzadilla de los Enviados…

Porque somos nosotros los que iremos por ti.  

Entraremos en tu sueño.  Susurraremos claves que no pueden ser desoídas.  

Te haremos tropezar una y otra vez, hasta que te decidas a empujar la puerta que se perfila de golpe en una pared que todos creen impenetrable.

Estamos del otro lado de esa pared.  En un tiempo sin tiempo, en un espacio que no es espacio.


Esperándote.



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