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lunes, 9 de septiembre de 2013

Poesía



               
                Botticelli  (La anunciación)



Tarkovski

Padre nuestro arte que estás en los lienzos
y nos pegas y nos crucificas,
doloroso y tenaz como una espina.

Santificado sea el ojo que nos cuece 
en tu eternidad,
porque gracias a ti nuestra alma puede ser 
un gamo al que decirle  Ven, 
comeremos aún naranjas dulces 
pequeñas naranjas doradas sobre la hierba.

Hágase Tu Voluntad, porque es preferible
una felicidad amarga 
con un pájaro posado en la cabeza.

Mi padre es joven: su cuello nace brutalmente hermoso de los hombros,
y mi madre es la mujer de párpados abultados como los de Ochún.

Ahora levitan sin sonidos por el aire de la casa 
en que viví cuando éramos niños.

¿Te acuerdas que me iba a los quince años 
y besé una a una sus paredes?

Desde entonces lo supe que no volvería. 
He estado luego,
pero el barco que fui partió, 
y en el traspatio no huele como en la adolescencia.

Danos hoy el pan que parte la boca pero da gozo
y sin el que no puede vivirse una vez probado. 

Perdona que a veces
reneguemos de nuestra pobreza 
cuando escuchemos a Vivaldi.

No nos dejes.

Y líbranos de nuestra posible mediocridad 
que acecha.

Amé.


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