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domingo, 15 de septiembre de 2013

Poesía




          Ilustración de Vladislav Erko




Porque es más fuerte

Si un día me duermo para siempre
luego de haberme hincado con la punta
(del huso
¿vendrás a despertarme, peregrina?,
¿me besarás en la boca o las manos
para adentrarte en campos abiertos de
(mi sueño?
Prométemelo ahora y dormiré tranquilo;
y mis hadas madrinas también dormirán,
y todos, todos en la antigua comarca
se dormirán conmigo, sucumbiendo
(al hechizo...

Alberto Serret, 
El Príncipe Despierto


Vengo a buscarte, príncipe.  
La noche está oscura y fría,
déjame que ponga mi capa alrededor de tus hombros.

Ten mi mano que te apoyes.  
El camino es empinado y la luna no sale todavía.

No, no me conoces.  
No sabes quién puedo ser, no sabes quién soy.

Tú déjate conducir nada más.  En silencio. 
La sombra ya no puede herirte.
La sombra que mordió mi corazón 
ya no puede más que herirme
sobre la vieja herida.  Despacio, 
despacio para que funcione.

Un paso y otro.  
No abras los ojos hasta que yo te avise.

Vengo a buscarte desde muy lejos, 
desde el tiempo en que aún no existíamos
con este nombre, con estos rostros. 
No conoces mi nombre. No conozco tu nombre.
Somos quienes somos, 
pero ni siquiera sabemos quién somos.

Guarda silencio: cualquier cosa que digas 
podrá ser usada
en tu contra.  Si pronuncias la palabra vida,
tal vez yo te contradiga.  

Si pronuncias la palabra muerte,
te habré de advertir, en voz muy baja,
que no sabes de lo que estás hablando. 

Noche es una palabra dura y helada, 
como una piedra de granizo. 
El día no lo conozco porque ha de anidar 
en tus ojos,
y tienes los ojos cerrados.

Si por una casualidad inconcebible 
te diera por poner sobre tu lengua
la palabra amor, no sé qué pasaría.

Yo viví veintidós años amando 
a un hombre que no llegaba.
Viví veintidós años amando y odiando 
a un hombre definitivo.
Un hombre que era como yo mismo
                   (despacio, hay tiempo para todo).

La muerte en vida tiene su tiempo, 
no más de veintidós años.
La vida en vida también tiene su tiempo idéntico.
Y la vida en la muerte, ¿qué tiempo tendrá?

Podría ofrecer cuanto poseo 
por volver a ese hombre.
Podría ofrecer cuanto tengo y tendré. 
Incluso podría ofrecer
cuanto tuve en el pasado: 
si ese hombre apareciera con otro rostro,
yo exprimiría mi memoria de otras voces 
y otro aroma.

¿Es que amamos un cuerpo?, ¿no será más bien
que amamos una esencia impalpable,
tan recóndita, tan escondida 
en el centro de nosotros mismos,
que nosotros mismos la desconocemos? 
¿Y si el corazón amante pudiera 
reconocer esa esencia?

Vamos despacio.  
La noche ha terminado de madurar
y comienza su período de dulzura perfecta: 
como una fruta
que se va agostando, 
la noche nos toca el paladar y lo acaricia.
¿Ya he dicho qué quiero de ti?

Nada forzado.  Nada que deba ser arrancado.  Nada.

Aquí está mi mano, que te apoyes en ella.  
Aquí está mi sangre.
Es tu sangre.  Huele a ceniza gris; 
me han quemado
hasta los huesos.  
He ardido como una hoja estrujada.

Vamos despacio.  No abras los ojos.  
No abras los ojos
hasta que hayas terminado de salir 
y el sol te pegue encima de los párpados.

Mientras te puedo contar un cuento.  Es un cuento
con un buen final, no quiero entristecerte.

Un cuento que habla de una habitación 
en la penumbra,
y un hombre desnudo, hermoso 
como un bocado de pan
en la mano del hambriento.  
Un hombre trémulo debajo de mi peso.

Ya no recuerdo en qué ciudad me sucedía.
Ya no recuerdo en qué país ni en qué planeta.

Cuando mi vientre rozó 
el vientre de ascua del hombre
de mi historia, perdí para siempre la memoria.                                   Perdí la vergüenza.
Perdí la noción de lo que estaba bien o mal.  
Me perdí a mí mismo.

(¿Dije mismo?; perdona: 
desconozco si soy hombre o mujer, 
¿y acaso importa?): Un remolino 
en el atardecer convulso 
y ese hombre debajo de mí o a mi costado:
ninguno de los dos sabía 
que se estaba firmando un pacto,
sólo movimos un poco la cabeza 
para poder mirarnos a los ojos.
Fue suficiente.


Veintidós años después puedo verme de rodillas;
el asfalto lo suficientemente tibio 
como para sostenernos
con ternura.  Un hombre tendido, los ojos cerrados.                         Y su boca idéntica
debajo de mi beso. Su corazón tapiado;
el mío hincado de colmillos de lobo.

Y tener que soportar que me quemaran
sin una queja.  Y entonces un puñado de ceniza.

Mis brazos extendidos.  Mis manos claveteadas
al pecho de un hombre que quizá nunca conocí.                         Que nunca me conoció del todo.

¿Es que vale la pena llorar?, ¿vale la pena 
algo que no sea
regocijarse por poder tenderte mi mano 
y que te apoyes?

(Despacio, muy despacio, hay tiempo).
Mientras caminamos voy a recontar mis pertenencias: un cáliz de sangre, 
unas vísceras torturadas.  Mi fuerza, 
mi terquedad de dientes apretados.
Mi frente negra de golpearse 
una y otra vez contra ese muro.
Mi cara desconocida en el espejo: 
sin cejas, sin cabello.

Es verdad que prometí un buen final para mi historia, 
no quiero entristecerte:

Soñé con una puerta en el muro, 
una puerta que se abría
en la bendita noche -bendita, 
mil veces bendita noche oscura
en la que se juntan los amantes
sin cuerpos ya, sin más aliento
que el soplo de Dios reconstruyendo 
sus rostros que ardieron.

Y yo simplemente traspasé la puerta.

Y heme aquí, príncipe, 
tendiéndote la mano para que te apoyes.

Despacio.  Vamos despacio.  Hay tiempo.




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