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lunes, 9 de septiembre de 2013

Cuento


         
            Pintura de Ikenaga Yasunari Tomoko




Filin

Pero es que yo nunca antes había sabido qué era eso del amor.  Mis amigos decían que es un sentimiento muy anticuado.  Y por eso me acostaba con la gente como si hiciera deporte.  En definitiva, es bueno para la salud, ¿no?  El corazón bombea con más fuerza, la sangre corre con violencia, los orificios del cuerpo se abren, los conductos se lubrican…
           
Además, qué otra cosa puede hacer una cuando se apagan las luces de los cines y las cafeterías, y La Habana se adentra en un marasmo de trompetas borrachas.  Fácil: se llevan a la cama un vaso de leche caliente y un hombre tibio, y se beben lentamente.
            
A veces me ponía triste.  Mi madre mascullaba en la cocina con un cigarrillo apagado en la comisura de los labios, y fregaba platos con furor…  Baste decir que yo no paraba nunca en lo de mis padres.  Discutían todo el santodía, se acusaban el uno al otro de su miseria…  Era asfixiante.
            
Conseguí un trabajo suave en una librería y me alquilé un cuarto.
            
Y conocí a Ema en una fiesta que dio nosequién.  Estaba flaca.  Muchísimo.  Fíjese que se le marcaban los huesos.  Pero eso le daba un aspecto muy tierno.
            
Nunca antes había mirado con ojos de codicia a una mujer, y eso se lo seguro por todos los santos. 
            
Me senté a su lado y nos pusimos a hablar.  De todo.  De nada.  De bobadas.  Su mano, que era muy bella, muy delicada, tenía un cigarro encendido.  Tropezó con mi mano.  Me fijé en sus pupilas y allí me vi: otra mujercita endeble, prieta, temblando en el marco sedoso de sus pestañas.  Entonces sentí un corrientazo y me dije: ¡Esto sí que es cosa grande!
            
Ema me miraba a través de sus párpados semicerrados y a mí me empezó a fallar la respiración.
                        
Temblábamos las dos; a ella casi se le caía el vaso de vino.  Nos metimos en el baño para poder besarnos.  Estábamos tan mareadas que topábamos con las paredes al movernos.  Y apenas habíamos probado alcohol.  Era… eso: el deslumbrón.
            
Vivimos juntas medio año.  Más no pudo ser.  Me dejó por un pelotero profesional.  A mí no me importaba ya.  Pero igual acabó conmigo.
            
Tomé muchas pastillas para dormir cuando aquello.  Tenía unas ojeras que me llenaban la cara.  Casi no comía.  Una vez me caí en plena calle, de la debilidad.  Tuvieron que llevarme a un hospital y ponerme sueros.  Recuerdo que me los arrancaba porque no quería seguir viviendo.
            
Conocí a Eugenio en las tres primeras horas que pasé fuera de la cama donde acabaron amarrándome, para pasarme a buches los medicamentos.  Estaba yo tan frágil como un pájaro recién nacido.
            
Eugenio cargó conmigo y me alimentó y me cuidó hasta que empecé a cantar.  Cantaba con todo el furor del desamparo.  Gané dinero a montones por aquel tiempo. 
            
Eugenio sacaba de mí la nostalgia y la iba convirtiendo en música, porque era un virtuoso de cualquier instrumento, y componía y tenía a mucha gente atrás pidiéndole sus piezas.  Trabajábamos juntos.  Por las tardes dormíamos espalda contra espalda.  El resto del día gritábamos y mascullábamos frente a un micrófono, con jazz, con son, con bolero, con filin…
            
Creía yo que a él no le gustaban las mujeres, pero un día se me fue con dos.  Con dos a falta de una.  Dejé de cantar y empecé a beber.  Tomaba lo que me caía: ron, cerveza, whisky, aguardiente, vodka, alcohol puro, perfumes baratos…
            
Una tarde me senté en el Gato Tuerto, como todas las tardes de esos últimos cinco meses, a tomar sola.  Ni siquiera el barman me miraba, tan huraña era yo.  Noté que alguien desconocido me estaba clavando los ojos.  

Era una mujer alta, hermosa, como alemana; una hembra de músculos tensos y pechos desbordantes.  Rubia con mechones oxigenados que le bajaban hasta el descote.  Maquilladísima.  Cuando se llevaba la mano al cabello para acomodárselo, las uñas le relampagueaban en el aire un poco gastado del bar.  Una gran dama.  Una mujer capaz de llevar a su cama a un campeón de pesas.  Una madraza.  Me contemplaba sin pudor, pero sin descoque.  Imagínese: A mí, tan prieta, tan consumida.  De pronto, sonrió.
            
Nos fuimos en su carro viejo.  Sin hablar.  En el primer semáforo del malecón agarró mis dedos y los puso encima de su rodilla.
            
Poco más tarde, acostadas las dos en su canapé, le deshice el corpiño para que saltaran sus tetas primorosas.  Ella me amamantó con dulzura.  Después se alzó la falda, que le ajustaba en los muslos, y sacó su secreto: una verga bien torneada.  Turgente, caliente, viva.  Esa mujer no había nacido hembra. 
            
Separó mis piernas, acariciándomelas, para penetrarme.
            
Era madre y padre toda ella.  Hablaba a mi oído, con voz bronca, todas aquellas indecencias que una sueña escuchar alguna vez; toda esa palabrería sucia que huele tan perfumadamente…
            
Mientras comíamos, me contó que se ganaba la vida metiéndosela a los machos que la seguían, enloquecidos, por la calle.  Ella los golpeaba con su barra de amor, los forzaba a ponerse en cuatro pies y los traspasaba, pegando a la espalda de su víctima sus pechos como pomas.
            
Ganaba bastante en ese oficio.  Cobraba caro y gastaba poco.  Y ganó desde entonces para mí.  Por mí se paseaba en los atardeceres, contoneándose, un poco procaz y un poco tierna, y reclutaba clientes entre los cheos más recios del puerto.
            
Así vivimos.  Vivimos bien.
            
¿Y es que acaso era pecado despertarse y mirar su boca entreabierta, con restos de maquillaje del día anterior en las mejillas ásperas, y tocar sus pechos desnudos y seguir vientre abajo, hasta el racimo que se animaba en mi mano y se enderezaba como la cabeza de un hermoso animal que sueña?



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