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jueves, 1 de agosto de 2013

Tres adaptaciones de la literatura para la televisión ecuatoriana




                   En la foto: el Chulla (Pedro Saad Vargas) y su amada Rosario (Amaya Merino)
                  -gentileza del Canal Nacional Ecuavisa, Ecuador



Tres adaptaciones de la literatura 
para la TV ecuatoriana


El Chulla Romero y Flores

A poco de trasladarnos a Ecuador, Alberto Serret y yo comenzamos a escribir guiones de televisión para el canal nacional Ecuavisa, y en 1995 salió al aire la que sería nuestra primera adaptación, El chulla Romero y Flores, miniserie que tuvo como punto de partida la novela homónima de uno de los más destacados autores del país, Jorge Icaza.


El chulla quiteño es un personaje clave dentro de la literatura oral y escrita de la capital ecuatoriana, y alrededor de su figura se han escrito numerosos artículos periodísticos y tejido abundantes anécdotas. Los fragmentos que incluyo a continuación, donde se intenta explicar su esencia, forman parte de un artículo publicado en el diario Hoy en diciembre de 1992:


"El chulla andaba siempre bien vestido, aunque fuera con el único terno que tenía. Inclusive, no faltó quien dijera que debajo de su levita, el cuello, la pechera y los puños de la camisa inexistente estaban unidos por cordones... pero esto nunca llegó a probarse. Como complemento de su atuendo llevaba un sombrero arriscado -con las alas vueltas hacia arriba- inconfundible"(...)


"Pero para crearse una imagen completa del chulla hay que contemplar muchas otras características suyas. El chulla quiteño era incumplido como él solo, pues en un Quito con lentos aires de aldea todo el mundo se había acostumbrado a vivir sin apuro; veía con cinismo sus propias desgracias y gozaba inventándose apellidos ilustres, viajes increíbles y fortunas dilapidadas... Tal era su manía de fabular que muchos terminaron por no creerle ni lo que pisaba, mientras que otros -pobres generalmente- se apropiaron de su mundo imaginario e hicieron del chulla objeto de su admiración. A más de fabulador, este personaje era por demás imaginativo: siempre estaba inventando historias inverosímiles. El chulla era una especie de duende que conocía absolutamente todos los rincones de la pequeña ciudad, y podía, por ello, esconderse en cualquier rendija cuando aparecía en el horizonte alguno de sus muchos acreedores. Además, el chulla era un verdadero mago, que se las ingeniaba para comer gratis y para trocar las botellas vacías en botellas llenas, aunque no tenía un solo centavo en el bolsillo".


Para Serret y para mí, recién aterrizados en un mundo que desconocíamos -y doy fe de que para la gente del Caribe el mundo andino es como de otro planeta- era un reto mayúsculo meternos con una novela que no solo estaba -y está- considerada como una de las obras claves de la literatura ecuatoriana, sino además con un tema que cuenta con tantísimas versiones, porque es que todo el mundo en Ecuador tiene su versión personal del chulla quiteño...


Fue un trabajo al que nos dedicamos con mucho placer, pero también con su punta de angustia, porque a nuestro alrededor corría alguna que otra frase ponzoñosa acerca de los guionistas extranjeros que llegaban no más y ya se atrevían a hacer cátedra sobre algo tan esencialmente quiteño... A estas alturas del partido puedo entender la resistencia inicial de las buenas gentes ecuatorianas a lo que sería nuestra versión, si bien puedo jurar -a falta de Biblia, encima de la Tabla de Esmeralda de Hermes Trimegisto- que nuestra adaptación fue lo más fiel posible a la exquisita novela de Icaza.


Para colmo, el realizador que llevaría los guiones a la pantalla tampoco era ecuatoriano, sino que se trataba de un norteamericano de origen macedonio que había vivido muchos años en Colombia, Carl West, cuya curiosa mezcla cultural no impidió que nuestro chulla resultara convincentemente quiteño, con el correspondiente aporte de los actores ecuatorianos que tomaron parte en la miniserie: Amaya Merino, Pedro Saad Vargas y Susana Pautasso, entre otros.


Siete lunas, siete serpientes


1997 nos encontró mejor afincados en la ciudad entre volcanes, de manera que cuando Ecuavisa nos propuso que adaptáramos Siete lunas, siete serpientes, la mágica novela de Demetrio Aguilera Malta, otro clásico de la literatura ecuatoriana, ni a Serret ni a mí nos pareció demasiado cuesta arriba.


Nuestro querido Carl West, que era quien iba a realizarla, planeaba llevar a cabo una serie bastante larga, y marchó a la selva amazónica con nuestros primeros siete capítulos en el puño, a grabar. Pero en el interín algo pasó -ya no recuerdo qué, o no quiero recordar- y hubo cambios considerables en el presupuesto. Así que Carl se nos apareció a las cinco de la tarde de un domingo lluvioso, con un ataque de depresión y la nefasta noticia de que no se terminaría el serial.


Alberto y yo nos quedamos helados, porque amábamos la novela, y nos gustaba particularmente lo que habíamos conseguido en la adaptación; indagamos con cautela acerca de qué se pudo grabar en aquellos pocos días, y a continuación ofrecimos una posible solución: convertir la serie en un unitario de varias horas, para lo cual tendríamos que rehacer los guiones alrededor de las secuencias que ya estaban listas...


Carl parpadeó varias veces, con una lucecita de esperanza bailándole en los ojos, y dijo que podía ser, pero que en ese caso la totalidad del guión tendría que estar terminada a la mayor brevedad. Serret y yo miramos el reloj -eran las siete de la tarde, lo recuerdo perfectamente- y contestamos que al otro día, a las siete de la mañana, podía pasar a recoger nuestro trabajo.


Escribimos durante toda la madrugada, cada quien en su computadora, y alrededor de las seis a.m., Alberto se levantó a hacer café en lo que yo me ocupaba de presillar las páginas recién impresas.


El resultado fue una hermosa miniserie, con exquisita fotografía y unas tremendas actuaciones de Carla Salas, Carlos Valencia, Vilma Sotomayor y Juana Guarderas, entre otros. Siete lunas, siete serpientes, producción de Ecuavisa, resultó Finalista en la Feria Internacional Midia de 1996-1997, nominada como Mejor Largometraje.



Solo de guitarra


Fue la tercera y última adaptación que escribimos para Ecuavisa, y en este caso no partió de una obra ecuatoriana. Una de las piezas literarias favoritas de Serret y mía era la Historia de Shunkin -también conocida como Retrato de Shunkin- del eminentísimo escritor japonés Junichiro Tanizaki. En esta noveleta se cuenta la extraña historia de amor de Shunkin, hija mimada de una familia pudiente de Osaka, y su criado y discípulo Sasuke.


Habiendo quedado ciega en la infancia, Shunkin llega a ser una consumada maestra en instrumentos de cuerda. Su belleza y su rigor extremo como maestra, atraen a su clase a numerosos pretendientes, pero ella los rechaza a todos, y mantiene una relación secreta -y francamente sadomasoquista- con el humilde Sasuke, que la atiende como criado personal. Uno de los pretendientes rechazados toma venganza contra Shunkin haciendo que lancen agua hirviendo a su rostro, y Sasuke decide calmar la angustia de su señora garantizándole que jamás la verá desfigurada, por medio de una ofrenda amorosa singular: se clava una aguja en ambos ojos y queda ciego como ella.


Si bien el resumen da una visión bastante brutal de la historia, lo cierto es que se trata de una pieza sutil, con un dibujo enérgico y delicado al mismo tiempo de los caracteres y el medio que los rodea. Pero -nos decíamos Serret y yo-, ¿qué tal?, no es posible proponer a un canal de televisión ecuatoriano una producción nipona...


Le dimos unas cuantas vueltas a la cuestión, y al cabo se nos ocurrió escribir la versión ecuatorianizada de la novela, en la que una hermosa heredera ciega del campo serrano -en un Ecuador de finales del siglo XIX- toma como sirviente a un peón de la hacienda, al que inicialmente enseña a tocar guitarra, para con posterioridad convertirlo en su criado personal y su amante.


La serie -dirigida por Carl West- acabó siendo una verdadera joya. Lamentablemente no he podido dar con la ficha técnica, pero en ella trabajaron varios de los más connotados actores ecuatorianos, fue protagonizada por una talentosa actriz colombiana, y el equipo de producción se esmeró, así que la calidad de la producción resultó notable.



En 1998 la serie recibió el Premio al Mejor Largometraje para TV en la Feria Midia del Mercado Iberoamericano de la Industria Audiovisual.


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