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martes, 27 de agosto de 2013

Poesía




          Albini Leblanc




Confesiones

Me tengo en la palma de la mano. 
Me miro, soy yo: 
Soy Él y soy una hembra primorosa.

Soy todo cuanto he negado, 
todo aquello que se desgarra
para reproducirse en medio de la música 
de sus propios alaridos.

Soy sangre. Recíbeme, Madre. Pégame y acógeme.
Dame tu boca, mi Madre, para alimentarme.

He estado fabricando con tanto empeño
esta inútil imagen de mí misma, y ahora se desmorona.

Soy Él y soy mi propia hembra, 
mi estatura redonda,
mi cuerpo de creadora, de demiurga.

Soy carne que arde. Recíbeme, Madre, 
que eres yo misma.

Te he visto alguna vez 
y me he tapado la cara con vergüenza.
Te he negado más de tres veces, mi Madre,
recíbeme encima de tu sexo.
¿Es que no he sido también tu hijo 
todo este tiempo?

Descuélgame de la cruz y llora sobre mi cuerpo.

Me he estado arrastrando sin saberlo 
encima de tus huellas,
y en cambio me creía un gran guerrero.
Pero yo era sólo mi esqueleto. 
Sin carne, sin aliento:
La mutilada.  El mutilado.

Soy el soplo de mi propia miseria. 
Recíbeme, Madre,
y déjame enterrarme en la sombra húmeda
donde están plantados tus pies.

Dame la luna para adornarme 
en la noche de los desenfrenos.


Y entonces me vi:

Yo era la que cortaba de un tajo sutil 
la garganta de los hombres. 

Yo era la que los atraía 
para chuparlos por su virilidad. 

Yo me alimentaba de ellos como si soñara contigo,
y me reía con la risa única de las entrañas.

Tenía un rubí clavado en el ombligo 
y sabía menear las caderas.


Soy todo cuanto eres y mucho menos, 
mucho menos.

Recíbeme, Madre.  
Hija-hijo, descuélgame de mi tormento.

Mírame a los ojos y reconócete 
en mi cara tiznada de negarte.

Mi cara mitad y mitad, ojo y ojo.

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