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lunes, 5 de agosto de 2013

Poesía




                    Hombre cabalgando un gato, del Jardín de las Delicias 
                    de Hieronymus Bosch, El Bosco 







Hay un gato en la escala de Jacob

El ángel -maldito ángel- 
ha luchado conmigo en la noche cerrada,
y ella, mi más pequeña, 
se ha ido al país de los espíritus.

Era blanca y negra como Arlequín.

Vivió en Jerusalén hasta que Aquel que anuncia 
la trajo en una caja.

Caja de cartón, caja de oro. Caja del tesoro:
Así eran entregados de incógnito los hijos de los reyes.

Yo te maldigo, ángel, con mi voz más ronca.
Yo te bendigo y, naturalmente, 
me tengo que postrar a tus pies.

Ángel que das y luego quitas, estafador celeste.

Desde entonces hay un grito 
pendiente para el amanecer
y una sorpresa terrible delante de mi puerta.
Ellos, los que se esconden en el exceso de luz, 
me miran aullar con sus ojos inmóviles, 
como de piedra.

Yo te maldigo, ángel, con mi saliva más dulce 
y los puños apretados.
Nada sabemos acerca del amor.

Yo te maldigo mientras te acuno y no estás.
Pero si alguien necesita un corazón para morder
y arañar con zarpas diminutas, aquí estoy. 
Si alguien necesita romper 
un corazón en mil pedazos:
Aquí estoy. 
Tengo el uno en la hilera del ángel 
que hiere mientras acaricia.

Yo te maldigo 
y te llamo por tu nombre más secreto. 
Hundo los dedos en el fango 
en que te has convertido, te sostengo,
te huelo, te soporto.  Te espero una y otra vez:

No se presta la lumbre 
para después apagarla de un soplido.



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