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domingo, 4 de agosto de 2013

Poesía




              Pintura de George Owen Wynne Apperley  (Bailaora gitana)






Proserpina

Me habías estado llamando y yo no te oía, madre.

Haciendo sonar tus pulsos, con una mano afilada
en el escote y otra apoyada en la cadera.
Con los muslos retesándose debajo de las cuatro faldas,
cantabas, clamabas, llorabas por la senda del monte.

Yo no te oía.

Estaba tan oscuro el camino, madre. La lumbre bailaba
en tu garganta y yo tenía los oídos taponados de tiniebla.
Tu regazo clamaba por mi frente, tus pezones por mi boca.
Yo había perdido la ruta de la caravana. El mundo agrio
debajo de los pies descalzos.

                                                Había un caldo para mí
en tu caldera. Un mordisco de pan. Un sorbito de agua
dulce debajo de tu lengua para suavizarme el hambre.

Me avisó la sangre arremolinándose. El asfalto del infierno
se rizó como una marejada.

Tu voz me buscaba. Y yo
encontré por fin el rumbo, el chaquiñán de saliva y leche
que brillaba como polvo de cuarzo debajo de la luna.


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