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jueves, 1 de agosto de 2013

Poesía



           Vasija griega ilustrada con Teseo y el Minotauro








Secreta primavera


1

Cazador inexperto que se juega lo que tiene y lo que no.
Criatura solitaria que se ha quedado en esta tierra sólo 
por matar el animal celeste que le corresponde.

La muerte apartó a destiempo su saeta y miró a otra parte;
la muerte de blancos brazos y boca intempestiva 
con ganas de besar.

Extraviado, cazador: hombre solitario que ya no tiene un fuego donde arrodillarse y extender las manos sucias 
por la sangre ajena. 

Trampas, trampas que marcan estrías en la nieve.

El cazador quiere comerse al animal sagrado, 
incorporarlo a su carne.

El cazador se sueña abrazado al cuerpo sedoso de su bestia. Se sueña cabalgando al animal por un prado nocturno 
que es parecido a un cielo sin fin.

El cazador trastabilla en la nieve, se cae sólo 
para levantarse enardecido.

Se ha rasgado el pecho de un tajo y ahora trae, rezumante, 
su propio corazón, que late lentamente, entre los dedos. 

Lo dará a comer a su futura presa.

El cazador es en realidad una bestia asustadiza que ronda entre los árboles cargados de luciérnagas.

Y su presa no es más que un cazador furtivo.

Trampas, palabras, secreta primavera 
haciendo eclosión en el silencio.


2

Al final del laberinto.
“Soy Teseo y acabo de matar al Minotauro”.

La bestia yace a sus pies, sobre un campo cubierto 
por la nieve sucia del último mes de invierno.

En la mano el cuchillo negro de sangre, Teseo está plantado en medio de ese campo. Aterido, lleno de confusión.

No sabe qué hacer con la violencia de su acto.

Ha sacrificado al toro del alba, y por más que mira 
no hay una sola señal de cambio a su alrededor. 
Sin una estrella, 
la noche parece infinita, la niebla no mengua.

Teseo siente el calor que se desprende de su víctima.
Siente en la palma de las manos la necesidad de agarrar 
la gran cabeza astada y levantarla, 
para mirar a los ojos del Minotauro. 
Buscar entre los párpados congelados 
una imagen de sí mismo que le devuelva la fe.

Quiere confiar. “Confío”, dice Teseo, pero está mintiendo.

Teseo victorioso abre la mano y el cuchillo 
va a clavarse en la escarcha.

Cae de rodillas, se dijera que traspasado por la hoja misma que sajó la garganta del Minotauro: es la imagen de la derrota, la imagen del desamparo.

Sobre sus hombros vencidos, sobre su cabeza que se va a acercando a la bestia que yace, el cielo comienza a romper con la aurora más roja que se haya visto jamás.




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