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viernes, 2 de agosto de 2013

Poesía




       Ilustración de Jennifer Hom  (Armor)







 La Canción del Extraño Caballero


1
Mírame,
porque me he plantado ante tu puerta
en silencio, pero en disposición de echarla abajo
si es preciso. 

Mírame con misericordia,
tú que me has sostenido en tu mano sin saberlo.
Tú a quien no puedo dar un nombre.

Mírame golpeando con la palma abierta, 
mírame desesperando
por todo lo que espero sin saber 
si mi torturado cuerpo afrontará
los raudales de luz que estoy rogando a gritos.

Mírame y ten piedad de mis oscuridades, amor mío, mi presa,
mi inocente verdugo, mi prisionero en esta guerra
que insisto en alentar pese a mi zurcido corazón.

Mírame insistir bajo la lluvia, al filo de la luz que muerde,
entre charcos inundados de luciérnagas
y pantallas de ordenador que parpadean.

Mírame y aparece de una vez. 
Abre y concédeme un vistazo,
porque te espero desde el principio de los tiempos,
y conmigo
han estado aguardando mis demonios 
y mis animales sagrados,
y la larga y desconocida hilera de ancestros 
se agita en mis venas
mientras susurran palabras sobre ti 
en idiomas vivos y muertos.


2
He venido a la tierra
a tronchar todos los preceptos.

He venido en secreto, con una pulgada de furia,
sin perseguir el poder de los cuervos ni el reposo
de las plácidas aldeas donde se canta a las cunas
y se tiende a los muertos dormidos bajo el trigo.

He batallado mil veces mil años
sin desnudarme los pechos,
sin desprender la coraza de acero y sangre y nieve. 

He enmudecido
porque casi nadie reconoce mi música.

Llevo mil veces mil años calentándome las manos
junto a un fuego solitario, sin más fe que la nada,
sin más aliado que el viento del sur
borracho de hierba, ávido
de los gráciles contornos del granizo.

Tengo en el bajo vientre una ranura
por donde a ratos asoma el sol. 

Tengo la palma de las manos rotas
de ceñir la empuñadura de mi estoque, y la lengua
abrasada de tanto querer posarse sobre el filo del grial. 

Busco una cifra para atármela en la manga
y proclamar de nuevo un nuevo señorío:

Hombre dulce y errante, ¿querrás tú ser mi reina?




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