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jueves, 1 de agosto de 2013

Poesía


                   Foto de Chely Lima




Gideana 

Muchachos que floran lentamente, palmo a palmo,
haciendo restallar el mundo a su alrededor.

Muchachos de caderas calientes y vientres apretados.

Muchachos tímidos que llevan en sus rostros
el transparente miedo de los potros al agua.

Muchachos que plantan sus pies terrenos sobre el asfalto,
prisioneros pies que sin embargo
remedan los alados de Mercurio.

Muchachos que fueron: guerreros con el cuerpo
como una oveja recién nacida bajo las toscas armaduras;
novicios temblorosos mordidos por el cilicio;
servidores jóvenes cuya piel se perdía en el golpe del hierro.

Muchachos que serán y que son, ocultando
los torsos detrás del algodón y el cuero.

Muchachos que ríen echando atrás las cabezas, 

y en sus gargantas
borbotea la vida como un vino deleitoso.

Muchachos que las estatuas intentan copiar sin conseguirlo
porque no puede la piedra apresar el hálito,
la gracia de unos hombros cuando marcan en el aire
el movimiento perfecto de los astros,
o esa sutil sensualidad de los muchachos dormidos
con el pelo revuelto y las piernas desatadas.

Muchachos negros de brazos alargados,
semejantes a venados que escapan;
muchachos blancos punteados con oro en esos pliegues
donde la mano es presa del verano;
muchachos de cintura ahumada parecidos a un ánfora.

Muchachos desnudos de belleza letal
que deja un sabor a melado entre los dientes.

Muchachos que transitan el mundo y me hacen pobre a veces.

Dentro de cien años, cuando sea yo como una rama seca,
seguiré llevando los ojos por las playas,
por las calles caldeadas y los pasillos húmedos,
donde pueda colmarlos con esa bofetada amarga y portentosa
que es la visión del cuerpo de un muchacho
ignorante de su propia miel,
para batir con ella todo posible avance de mi muerte.


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