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viernes, 2 de agosto de 2013

Novela: Lucrecia quiere decir perfidia







Presentación de Lucrecia quiere decir perfidia


Voy a empezar con una perogrullada: Vivimos en un mundo que se nos vuelve cada día más confuso y todo está patas arriba: la gente se va del país donde crecieron diez generaciones de sus antepasados, las máquinas se empeñan en arruinar nuestro mercado de trabajo, no sabemos quiénes viven en la casa de al lado, pero tenemos montones de conocidos en Japón, Sudáfrica y Groenlandia, porque nos comunicamos a través de Facebook y Twitter…

Para colmo, las nuevas tecnologías crecen y se multiplican como si un dios absolutamente loco les estuviera dando órdenes: correo electrónico, Ipod, Ipad, telefonía móvil… ¿Quién iba a pensar que vivir lo que auguraban los viejos maestros de la ciencia ficción iba a resultar tan complicado?

Luego, está ese asunto de que un libro ya no es lo que llamábamos un libro, esto es, ese querido objeto familiar, que acumula tanto polvo en los anaqueles y pesa tanto en las mudanzas. Ahora empiezan a pulular unas pequeñas pantallas que se iluminan y aseguran que son capaces de contener varias bibliotecas en su interior. Por suerte, una buena historia será siempre una buena historia, no importa el soporte donde la hayan inscrito. Y un buen lector será siempre alguien que inevitablemente se deja enganchar por una buena historia y de algún modo la hace suya, la convierte en una porción más de su historia personal.

Por cierto, hace tiempo que no escucho nada acerca de campañas de lectura. Hubo una época en la que por todas partes cundió una fiebre de campañas de lectura, y todos estábamos allí, muy involucrados… Supongo que los promotores de las campañas de lecturas acabaron por aburrirse, o se les terminó el dinero. De todas formas, debo confesar que a mí la mayor parte de las campañas de lectura me parecían algo bastante poco efectivo. Salvo raras excepciones, uno se hace lector desde niño o no se hace lector, así de simple. Y si no se hace lector, ni siquiera sabe lo que se pierde. Así de triste.

Una de las cosas que me parecían menos efectivas de algunas campañas de lectura eran las promesas que te hacían, parecían políticos pidiendo el voto: si te conviertes en lector serás un individuo mucho más culto, crecerás humanamente, estarás al tanto de lo que ocurre en tu mundo…

Tengo mucho respeto por la gente que dice que lee para educarse, para informarse o para crecer humanamente… pero yo leo desde los cinco años de edad por razones muy distintas. Para mí leer es una de las mejores drogas que se han inventado, con el añadido de que los efectos secundarios son beneficiosos para el consumidor. Eso sí, en materia de lecturas, yo necesito que sean drogas inteligentes, y –puestos ya a entrar en materia– entre los libros más inteligentes que he consumido a lo largo de los años, hay un número importante de novelas mal llamadas policíacas.

Digo “mal llamadas policíacas” porque no todo lo que consideramos literatura policíaca lo es. Están las verdaderas historias policíacas, donde un agente de policía, o un equipo de gentes que pertenecen a la policía, son quienes se encargan de descifrar el enigma que propone el escritor. Está la novela de detective, que en ciertos casos tiene fronteras un tanto inexactas con la novela de serie negra, en la que el detective suele ser una especie de caballero andante, un tipo solitario que lucha a su manera por llegar a la verdad, o a algún tipo de verdad, enfrentándose a delincuentes y policías corruptos, y encajando unas cuantas palizas a lo largo del libro. Esas son mis favoritas.

Está, por otra parte, la novela de espionaje, donde la intriga tiene perfiles políticos, y la lista sigue… Todas ellas son novelas con una fuerte carga de suspenso, que es lo que le da al género ese gustito a adrenalina que nos conmueve y a la larga nos pone más felices.

Estoy pensando ahora en nombres que me han alimentado, me han emocionado y me han hecho reír: Raymond Chandler, por ejemplo, Dashiell Hammett, John Le Carré, John Connolly.

Con Raymond Chandler, en específico, tengo una deuda enorme. La verdad es que en una ocasión su novela El largo adiós me salvó la vida. Y aunque no voy a entrar en detalles al respecto, diré, para que no parezca una exageración, que cuando me trajeron ese libro yo estaba hospitalizada y en una silla de ruedas, prácticamente desahuciada por los médicos, y cuando terminé de leer la última línea llamé a Alberto, mi pareja, y le dije que me viniera a buscar, que me iba de aquel hospital de mierda con silla de ruedas o sin silla de ruedas. Los médicos pusieron el grito en el cielo y pronosticaron que no llegaría al fin de semana… porque, claro, los médicos ignoraban el poder curativo y altamente energético de una buena novela del género mal llamado policíaco. Y no solo llegué al fin de semana, sino que he llegado a un fin de semana de treinta y tantos años después, para que vean lo que es el alcance de la medicina literaria.

Así que yo he sido una lectora casi compulsiva de cierto tipo de literatura de suspenso, mal llamada policíaca, pero curiosamente, no es un género literario en el que haya incursionado como escritora muchas veces. Casi nunca, a decir verdad.

Lucrecia quiere decir perfidia tiene su origen en una noveleta que Alberto Serret y yo incluimos en un libro de cuentos de suspense que se publicó hace hartos años y se llamó Los asesinos las prefieren rubias. Un día en el que evidentemente yo no tenía mucho que hacer, me releí la noveleta, me pareció infame, pero pensé que podía ser el punto de partida de algo interesante. Así fue como empezó a crecer una historia policíaca donde no aparecen policías –y los que aparecen lo hacen muy de refilón–, entre otras cosas porque yo no estaba de humor como para meter a la policía cubana del período revolucionario en un libro mío.

El investigador de Lucrecia quiere decir perfidia es un detective aficionado, y un apasionado, como yo, de las novelas de suspenso, que tiene la información de los crímenes ahí al alcance de la mano, puesto que vive en el edificio del Vedado donde se dispara una serie de asesinatos relacionados con una mujer misteriosa, muy bella, muy erótica y muy sádica, llamada Lucrecia.

En Lucrecia quiere decir perfidia hay personajes reales, gente que conocí en algún momento no muy afortunado de mi vida, como es el caso de Octavio, el señor del Partido Comunista que había estudiado con los jesuitas, o Azuquita, un pobre borracho consuetudinario que vendía en bolsa negra todo cuanto uno pudiera imaginarse, desde alfileres de criandera hasta elefantes blancos…

Esta es una novela que transcurre en dos tiempos, y donde el protagonista se refiere al presente de La Habana y del país con mucha amargura, pero no hay que dejarse engañar por el tono de Anselmo, que es como se llama mi detective, porque esta es una novela que fue escrita con muchas ganas de reír y que espero que a ustedes, entre estremecimiento y estremecimiento de horror –estoy exagerando– los haga sonreír. Y no importa si lo leen –quiero decir: si lo consumen– sobre papel o sobre alguna pantalla de cristal líquido. Lo importante es que lo disfruten, y que de algún modo pueda servirles de humilde medicina en estos tiempos tan confusos que corren.  Ch.Lima
                                                                                                                 

Lucrecia quiere decir perfidia
Novela de Chely Lima
Colección Centauro, Ediciones Linkgua USA, 2011


"En un edificio de La Habana de los años 1980 comienzan a sucederse una serie de asesinatos. Sus inquilinos son personas corrientes, aunque de diversa extracción social (un joven rockero, ancianos retirados, un borracho, amas de casa...). Sin embargo, todos tienen secretos que podrían ser la clave de
estos crímenes. No existe aquí la figura del detective convencional. Serán los propios sospechosos, es decir, los inquilinos del edificio, quienes contribuirán con sus actos y especulaciones a lograr una solución final. Mezcla de sátira, humor y trama detectivesca, la obra posee elementos novedosos para una trama detectivesca, como lo fantasmagórico y lo absurdo…" (Nota de contraportada).



Lucrecia quiere decir perfidia
(Fragmento)


Cuando Octavio se ha ido a su casa, yo empuño el pomo de la puerta del cuarto matrimonial y entro despacio, porque quiero que ella pueda sentirme llegar. Despacio, bien despacio, me acerco al closet del fondo y corro la portezuela para verla salir de su escondite.

Sigue siendo magnífica, con esas ojeras que son como el sello de su vida de excesos, y el escote del vestido rojo dejando ver el nacimiento de los pechos blancos. El rojo es mi vestido favorito, porque acentúa las curvas del cuerpo de Lucrecia, que sigue siendo tan esbelta como cuando tenía veintisiete.

―Eras una abusadora ―le reprocho mientras me siento en la cama y la miro a mi placer―, una corruptora, como bien dice Octavio.

Ella me dedica un mohín, un mohín de burla que queda precioso en sus labios de besadora brutal. Y se sonríe:

 ―Te llevaba cinco años, Anselmo, así que qué tanta cosa. Buena pieza eras tú, que te la pasabas dándote mano delante de mi ventana. Yo no hacía más que entrar al cuarto a cambiarme de ropa, y ahí afuera estabas tú, jadeando como un animalito, detrás del flamboyán, con los ojos puestos en mi ventana.

 ―Ahí estaba, reina mía ―le contesto y me ahogo al hablar―, porque desde que te vi esa primera vez ya no pude sino vivir por ti y para ti.

Lucrecia se arregla la abundante cabellera rubia delante del espejo. En su voz suena una nota de disgusto:

―Tu reina, ¿no? Pero me escondes de todo el mundo y no puedo ni asomarme al balcón. Me escondes como si fuera una leprosa. Me dejas días enteros ahí, detrás de la puerta del closet, para que nadie pueda sospechar que existo.

Golpeo el centro de mi pecho con la mano abierta, entrando en ese frenesí que sólo Lucrecia sabe provocarme:

―Tú eres mi secreto, mujer. Mi máximo pecado. ¿Cómo piensas que voy a exponerte a los ojos vulgares de este mundo? Nadie sabría entender tu crueldad de sultana. Nadie te valoraría como yo, que venero el piso donde caminas. Mi reina, mi torturadora, mi jenízara…


***


¡Oh, Dios, Lucrecia!, maldita y bellísima Lucrecia de mis años mozos, que esperó pacientemente a que sus padres se fueran de viaje, y entonces me llamó a la mansión para que la ayudara a subir unas cajas del sótano. 

Cuando bajamos juntos a esa oscuridad sofocante en que remataba la escalera, una oscuridad de descenso al infierno, me atropelló contra la pared para morderme los labios.

Lucrecia, malvada Lucrecia, que no me dejaba tocarla mientras me obligaba a tenderme desnudo en el piso polvoriento del sótano, y sacaba de su bolsillo aquel enorme alfiler. Un alfiler de sujetar sombreros de señora. Un alfiler de oro con la cabeza incrustada de ópalos. Un alfiler que punzó todas las zonas delicadas que había en mi cuerpo.

Sangre mía en la punta de aquel alfiler manejado con tanta pericia, que además de dolor me causaba escalofríos de gloria. Sangre mía en la lengua de Lucrecia. Un brillo salvaje en las pupilas de Lucrecia, ahora que se reflejaba en ellos la escasa luz que entraba por el ventanillo, y que yo lograba percibir cuando mis ojos llorosos se habían habituado a la penumbra del sótano.

El recuerdo: la punta del alfiler profanando algún punto de mi piel, y la mano libre de Lucrecia tapándome la boca.

―Llora ―me decía bajito―, llora para que pueda oírte, pequeño imbécil.

Y yo lloraba de dolor, de excitación, de amor y de delirio, con la punta del alfiler clavada en la carne que Lucrecia luego lamería.

―¿Te duele? ―cuchicheaba con un sonido ronco―. ¿Te duele o tengo que empujarlo hasta la empuñadura?

Varias veces lo hizo, hundió la afilada aguja de oro y le dio vueltas para sentirme sollozar.

Lucrecia me convirtió en un monstruo. Un monstruo hecho a la medida de su placer infame. Su más rendido amante, su esclavo. 

Por ella hice todo cuanto me pidió, hasta el final. Por ella no pude consentir que hubiera otra mujer en mi vida. Sólo Lucrecia y el secreto, los muchos horribles secretos que acabaron por unirnos...






"Lucrecia quiere decir perfidia", una nota para la novela policíaca de Chely Lima, de Ignacio T. Granados, en su blog Dirticity (Kindle Amazon Videoteca- El Banquete).


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