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viernes, 2 de agosto de 2013

Literatura infantil: El cerdito que amaba el ballet






El cerdito que amaba el ballet,
de Chely Lima, con ilustraciones de Juan Rodríguez.
(Cuento ganador del Concurso Internacional de Literatura Infantil “Juan Rulfo” 1996).
Monte Ávila Editores, Caracas, 1996.


“Esta es la historia de un cerdito que amaba el ballet por sobre todas las cosas, y soñaba con danzar algún día en un gran escenario, llevando entre sus brazos a la bailarina más famosa del mundo. Una serie de obstáculos está a punto de impedírselo, pero finalmente, a fuerza de imaginación y perseverancia, consigue una inesperada forma de realizar su sueño” (Nota de contraportada).




El Cerdito que amaba el ballet
(Fragmento)


Hubo una vez un pequeño cerdo que soñaba con el ballet clásico.

Quería pararse encima del escenario, vistiendo un traje azul y plateado, y dar vueltas y más vueltas mientras alzaba entre sus brazos a la más famosa bailarina del mundo. Delante de ellos tocarían los violines de la orquesta, y un poco más allá estaría el público extasiado, llorando de la emoción, y esperando el momento de aplaudir hasta que le dolieran las manos, para gritarles “¡Bravo!, ¡bravo!, ¡bravísssimo!”.

Pero la parte más especial de aquel sueño era el instante en que callaban los violines, medio segundo antes de que empezaran a lanzarles flores, y la bailarina lo miraba muy fijo a los ojos y le decía:

-Ha estado usted maravilloso. ¡Gracias, muchísimas gracias! Quiero que siempre esté conmigo, para bailar juntos…

Una noche, el cerdito no pudo más y se lo contó a su familia.

Los viejos puercos detuvieron el juego de cartas y se le quedaron viendo.

-¡Contra!, ¡qué desgracia! Este lechón se nos volvió loco –dijo el abuelo, un cerdo anciano y desdentado.

-Acabará siendo carne de puerco enlatada sin remedio –se burló el tío, mientras se sacaba disimuladamente de una manga el As de Espadas.

-¡Puerco que se respeta vive en su chiquero y se conforma! –gruñó su padre poniendo punto final a la conversación-: ¡El ballet no es cosa de puercos!

Las hembras de la casa le sonrieron tímidamente y no dijeron esta boca es mía, porque el padre les tenía prohibido hablar cuando se jugaba a las cartas, para que su cháchara no distrajera a los esforzados machos de la familia.

Así que el cerdito se fue a dar una ducha, y luego se acodó en la ventana a mirar el cielo de la noche.

Su madre vino a acariciarlo, lo apretó contra su delantal y le gruñó bajito:

-Tu padre tiene razón, mi vida. ¿Quién ha visto un puerco bailando? Eso es cosa de gente fina, y nosotros, por suerte, nunca lo hemos sido. Un cerdito no tiene nada que hacer con el ballet clásico.

El cerdito lanzó un suspiro enorme y no contestó.

Alguien, quizá un primo jocoso, regó la noticia por el barrio, y en la primera oportunidad la frase saltó desde el chiquero vecino:

-¡Oye tú, bailarín!, deja de estar soñando y pon las pezuñas en tierra, ¿me oíste?

Pero el cerdito era obstinado. Esperó a que empezaran las clases, apretó el hocico con determinación, y fue a inscribirse en la escuela de ballet.

La portera de la escuela lo oyó como si no lo quisiera creer, y luego lo miró de arriba abajo:

-¿Inscribirse para tomar clases de queeé? Pero mijo, ¿tú nunca te has visto en el espejo? ¿Qué ballet puedes estudiar tú con esa cantidad de grasa arriba? ¡Te caes en el escenario y te revientas todo! Y lo que es peor, ¡acabas con el piso del escenario! ¡Qué va! Vete olvidando.

El cerdito bajó la cabeza. Por su lado pasaron unos cuantos estudiantes, muchachas y muchachos esbeltos, vestido con mallas azules, y el cerdito los miró a través de las lágrimas…


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