Translate

martes, 27 de agosto de 2013

Poesía




          Aquiles vendando a Patroclo
           Kílix de figuras rojas, v. 500 a. C. 
           Staatliche Museen (Berlín)




Permanencia

Una casa que me ciñera, eso quería.

Una casa protectora, terrestre, bien afincada al suelo de California, en el barrio antiguo de Berkeley, y a pesar del peligro de los incendios, porque todos los veranos es lo mismo: brizna seca contra brizna seca, el sol arriba, chispeante, el viento cálido que frota las briznas, y ya está; el fuego nace, crece y se expande, incontenible. Los animales huyen, despavoridos; los viejos robles agitan sus ramas, multiplican sus hojas muertas sobre la tierra, esas hojas filudas, espinosas, capaces de sofocar las llamas. Y las casas siguen ahí, indefensas. Casas de madera oscura, con balcones llenos de flores. Casas tan silenciosas como sus habitantes. Casas que suben por las colinas bajo el sol inclemente del área de la bahía, o bajo la neblina que convierte el paisaje en una acuarela japonesa, con grises sobre blanco y plata, con puentes muy esbeltos de una a otra orilla.

Yo quería una casa para cerrar los ojos y olvidar. Despedí a todos. Necesitaba estar sola, recobrarme a mí misma, esa porción mía que había muerto con él. Mi corazón duro, momificado, adentro. Y vi esta casa espléndida al borde de la quebrada y la quise. Pero la casa me mintió. Porque una vez abierto el escaso equipaje, una vez que cada cosa estuvo en su lugar, llegaron los recuerdos.

Conocí sus libros antes de conocer su persona. Y me mordió la envidia, escribía demasiado bien, mucho mejor que yo. Y todos lo querían, todos hablaban de él en voz muy baja, conmovida. Es el mejor de nosotros, decían. Todos andaban un poco enamorados de él. Yo me prometí odiarlo.

Entonces empezó julio, ese mes que aborrezco. Un mes marcado. Julio me trajo un hombre solar, de ojos muy abiertos, ojos morunos. Ancho de hombros, pronto a abrir los brazos. Hablaba y se reía. Te miraba de reojo, con una malicia involuntaria, y sonreía en silencio. Parecía fuerte y vulnerable al mismo tiempo. Un hombre hermoso, que se movía como un gran felino cebado. Se me encendió la codicia. Lo quería en mi cama, en mi cuarto con el cerrojo echado y tres vueltas de llave. Lo quería para siempre en mi casa, amarrado a mis pantalones. Y lo tuve.

Pero una vez desnudos, el hombre se me convirtió en un muchacho tímido sentado al borde de la cama, mirándome con ojos diáfanos, diciendo “Eres tan bella, ¿puedo tocarte? Nunca tuve a nadie como a ti. Pareces una estatua”. Me incliné a besarlo en la boca y caí sobre su pecho. Nos revolcamos como enloquecidos. Y no había forma de parar.

Flotábamos, lo recuerdo, en medio de una pompa de luz. Vivíamos confinados el uno en el otro, pendientes de un universo recién descubierto, un universo tiránico, excluyente, hecho de piel y saliva y rumores nocturnos, con el viento dando topetazos en las ventanas abiertas y revolviendo papeles inútiles, adorados no más hasta ayer.

Entonces abrí los ojos, miré alrededor y me di cuenta de que estábamos en una jaula. Él dormía a mi lado, con el cuerpo saciado, calmo. Y yo tuve una visión extraña. Vi dos animales blancos, tal vez ocas —de aquellas ocas sagradas que seguían el rastro de la Gran Madre, imprimiendo una runa como huella en el polvo. Dos animales de grandes alas confinados en un corral, entre las aves destinadas al caldero. Batían alas, ignorantes del mapa del cielo sobre sus cabezas. Batían las alas en un remolino de plumón y estiércol. Me aplastó la tristeza. Salté de la cama, abrí la puerta de la jaula de un empellón, y miré afuera, al ancho mundo.
       
Él despertó también y vio la puerta de par en par. Le dije “No estamos hechos para la mansedumbre”. Mi hombre asintió, y así mismo, desnudo como estaba, vino hacia mí, me agarró fuerte y me llevó hasta la puerta de la jaula. Sin dudar, saltamos. Juntos. Hombro contra hombro.
    
Esta es una casa a la que no llega más ruido que la cantiga del viento entre los eucaliptos, y el de la lluvia muy de cuando en cuando. Las otras casas, vistas desde los ventanales, parecen como perdidas, nebulosas, envueltas en jardines donde pacen los venados salvajes. Nada parece domesticado aquí a primera vista, salvo el alma de sus moradores; son suaves, discretos, apenas hablan, saludan con un murmullo amistoso y siguen caminando detrás de sus perros.
  
Mi casa es una casa que aposenta a un muerto, y creo que todos los vecinos lo saben. Todos tienen que haber visto su sombra moviéndose detrás de los cristales, junto al fulgor de la estufa en invierno, alargando las manos translúcidas al calor del fuego de ramas de eucalipto.

No fue fácil volar. Normalmente hay un cazador en cada esquina. Pero nosotros éramos tenaces. Cruzábamos las fronteras que habían establecido los hombres, porque sabíamos que se trataba de linderos falsos, hechos de trozos de papel sellado. Hablábamos en el lenguaje antiguo, el que prescinde de los labios. Reverenciábamos a los dioses de cada lugar, pedíamos protección a los volcanes, los bosques y los lagos. Dejamos de ser animales en vuelo, nos convertimos en piratas.
       
Un día comenzaron a aparecer los amantes. Algunos hoscos, labrados en una piedra elemental, con párpados de cieno. Otros dulces, entregados. Ajenos siempre. Los que querían quedarse solían tener el mal hábito de inclinarse hacia uno de nosotros dos, y entonces la balanza se desequilibraba; a ésos los desembarcábamos en cualquier puerto y la nave retomaba rumbo.
       
Sólo tres grumetes aprendieron a vivir en nuestra barca. Uno murió temprano, lejos. Otro perdió los ojos y la voluntad y cayó por la borda. El tercero se amarró al mástil, como Ulises. Soportó los vendavales, el miedo a los arrecifes traidores, el sol calcinante de los trópicos y las heladas de los mares del norte. Sobrevivió a la calma chicha y los tsunamis. Estaba roto, herido, golpeado y cubierto de sal, pero no podía dejar de amarnos. Todavía, a estas alturas, se mueve en la sombra, donde yo no lo pueda ver, donde no pueda despedirlo para siempre. De algún modo, sigue atado al mástil.
    
La casa me sienta en su regazo, como una nodriza de madera, y me amamanta con la leche envenenada de los recuerdos. Acoge con blandura mis pies descalzos sobre su madera centenaria. Conspira contra mi corazón endurecido. Se confabula con los árboles que bailan afuera, en la quebrada, en las noches de tempestad, y hasta con las ardillas que lanzan bellotas al techo en su afán de despertarme. A veces la tierra tiembla, y entonces la casa de Berkeley me acuna. Pero nunca me deja dormir.
       
En las madrugadas el aire frío huele a fogatas y a savia de coníferas. El áspero olor de la hierba de California inunda las colinas. Si miras al oeste puedes ver la maqueta iluminada de San Francisco levantándose más allá del agua de la bahía. Las viejas casas yerguen sus perfiles contra una techumbre de ramas, y alrededor se dejan escuchar los murmullos de la fauna nocturna. Las maderas crujen; las casas acomodan sus tablones alrededor de los que yacen en sus camas. Por las calles arboladas corren, como vagabundos enmascarados, las bandas de mapaches.
    
En nuestro afán de seguir abriendo puertas, empezamos a buscar las claves para acceder al Umbral de Umbrales. Nos tomó años remontar la cuesta de páginas entintadas, pergaminos resecos por el tiempo, que se desmoronaban al roce de los dedos. Nos tomó siglos aprender a apartar la maraña de pistas falsas, de señales confusas, de los desvíos inútiles. Nos tomó milenios aprender que la Puerta se abre sólo en el momento preciso y para el que tiene la llave adecuada, y que lo más difícil no es abrirla, sino mantenerla abierta.
       
Él, mi hombre, atravesó el Umbral, impulsivo, y miró la luz de frente. Yo, que nací de Saturno, entré escurriéndome, con las pupilas fijas en otra parte, para que el fulgor no pudiera deslumbrarme. Los que entramos y podemos sobrevivir es porque somos hijos de la noche. Jaguares negros, osos de la sombra. La luna no se ceba en la sangre de plata, pero se alimenta del sol. Yo pude volver, él no. Algo se quebró detrás de su frente. Algo estalló en la caja del cráneo. Su cuerpo fue a dar al suelo, y cuando tocó tierra, ya su espíritu vagaba del otro lado.
    
Hice todo para alejarme de los recuerdos. 

Quemé papeles, rompí fotos, me deshice de las ropas, destruí todas las cartas. Cambié mi cara en los espejos. Yo no era yo, porque yo había sido calcinada con su cuerpo. Pero no es posible escapar del silencio. No es posible escapar de las manos del viento ni del susurro persistente del agua en la quebrada.
    
Quien nunca quiso ser ayudada, un día pidió ayuda.

Humildemente, con la frente posada en el polvo. Con la cabeza rapada cubierta de ceniza. Con la lengua atravesada por una espina de maguey. “Madres, padres”, pedí. “Enséñenme a construir u un puente”. Algo había aprendido en el cruce del Umbral y ese conocimiento me sostuvo, me llevó como se lleva a un ciego. Me puso en manos de una mujer muy vieja, puro espíritu, una mujer que no hablaba mi idioma. Ella me aplacó, me enseñó, la abuela-oso.
    
Con un cuchillo de obsidiana, mi maestra partió mis párpados pegados y por fin pude ver. Lo vi: Él estaba entre dos mundos, esperando, negado a seguir sin mí. La abuela-oso me dio a tomar su propia sangre anciana, y yo establecí el puente. Así fue que él pudo regresar, sin cuerpo, un hálito cálido que sube las escaleras de esta casa y se sienta conmigo y habla de lo que fuimos. Cada día parece más joven. Cada día se parece más a ese muchacho tímido al que besé en la boca...



Poesía




              Alberto Durero  (Autorretrato)




Memento 

Es contigo con quien hablo, lo sabes.

Hay un lugar vacío delante del fuego, un vaso
que nadie nunca usó.  Lo sabes.

No importa cuánta gente mire volar al pájaro
que ha de posarse en un hombro que lo espera.

El mundo brama con todas sus cabezas;
debajo del silencio está la música.

Despertamos de golpe y creemos que el viento
trae un olor, un ritmo,
un mensajero desamparado
que bate las alas contra nuestro cristal.

El pájaro de agua viene a estrellarse en tu pecho.

Es la llave.

El pájaro de agua es la muerte de la muerte
y trae la lluvia.  El pájaro. 

Es contigo con quien hablo.
¿Lo sabes?



Literatura infantil





El planeta de los papás-bebés

(literatura para niños)

de Chely Lima y Sergio Andricaín

con ilustraciones de Catalina Acela

Editorial Panamericana, Bogotá, 2010.

.

En el universo existen numerosos planetas... y este libro habla sobre uno de ellos, situado en otra galaxia. Ese lejano planeta, al que sus habitantes llaman Pijamón, es bastante parecido a nuestra Tierra, ¡excepto por un asombroso y divertido detalle! Si quieres averiguar en qué se diferencia, solo tienes que leer este imaginativo y humorístico cuento de ciencia ficción creado por Chely Lima y Sergio Andricaín (Nota de contraportada).

oOo


El planeta de los papás-bebés

(fragmento)

.

El pasado invierno, una nave terrícola aterrizó en la ciudad más importante del planeta Pijamón. Ni qué decir que se congregó una multitud de niños con globos, flores y banderitas, dispuestos a dar la bienvenida a los huéspedes de otra galaxia.

Cuando los astronautas descendieron por la escalerilla, pensaron que habían llegado a un jardín infantil intergaláctico. Pero su sorpresa fue grande al descubrir que los niños se comportaban como adultos.

Los bebés llevaban cuello y corbata, mientras que las bebés lucían elegantes vestidos, zapatos de tacón alto, carteras de formas geométricas y extravagantes sombreros...





Poesía




          Albini Leblanc




Confesiones

Me tengo en la palma de la mano. 
Me miro, soy yo: 
Soy Él y soy una hembra primorosa.

Soy todo cuanto he negado, 
todo aquello que se desgarra
para reproducirse en medio de la música 
de sus propios alaridos.

Soy sangre. Recíbeme, Madre. Pégame y acógeme.
Dame tu boca, mi Madre, para alimentarme.

He estado fabricando con tanto empeño
esta inútil imagen de mí misma, y ahora se desmorona.

Soy Él y soy mi propia hembra, 
mi estatura redonda,
mi cuerpo de creadora, de demiurga.

Soy carne que arde. Recíbeme, Madre, 
que eres yo misma.

Te he visto alguna vez 
y me he tapado la cara con vergüenza.
Te he negado más de tres veces, mi Madre,
recíbeme encima de tu sexo.
¿Es que no he sido también tu hijo 
todo este tiempo?

Descuélgame de la cruz y llora sobre mi cuerpo.

Me he estado arrastrando sin saberlo 
encima de tus huellas,
y en cambio me creía un gran guerrero.
Pero yo era sólo mi esqueleto. 
Sin carne, sin aliento:
La mutilada.  El mutilado.

Soy el soplo de mi propia miseria. 
Recíbeme, Madre,
y déjame enterrarme en la sombra húmeda
donde están plantados tus pies.

Dame la luna para adornarme 
en la noche de los desenfrenos.


Y entonces me vi:

Yo era la que cortaba de un tajo sutil 
la garganta de los hombres. 

Yo era la que los atraía 
para chuparlos por su virilidad. 

Yo me alimentaba de ellos como si soñara contigo,
y me reía con la risa única de las entrañas.

Tenía un rubí clavado en el ombligo 
y sabía menear las caderas.


Soy todo cuanto eres y mucho menos, 
mucho menos.

Recíbeme, Madre.  
Hija-hijo, descuélgame de mi tormento.

Mírame a los ojos y reconócete 
en mi cara tiznada de negarte.

Mi cara mitad y mitad, ojo y ojo.

Poesía




                       Nicolás Guy Brenet  (El sueño de Endimión)





Enunciación 

Un hombre que me diga tómame
y haz conmigo lo que quieras.

Un hombre que se quite la ropa 
mirándome a los ojos.

Un hombre que se tienda de espaldas,
desnudo, sobre la cama vacía,
y de pronto, juguetonamente, se dé vuelta bocabajo.

Un hombre que espere por mí
en las abominables tardes del domingo.

Un hombre con un cuerpo madurado al sol.

Un hombre que se abra muelle
al contacto de mi mano izquierda.

Un hombre que huela a fruta
y a resaca y a leche de cabra.

Un hombre que se bañe para mí
y se unja con canela para mis dientes.

Un hombre que elija sus colores cuidadosamente.

Un hombre sensual como un gato con hambre.

Un hombre que suspire y se lamente
y grite al final como en un potro de tortura.

Un hombre callado. Un hombre apacible.

Un hombre lleno de misterios.

Un hombre.


martes, 13 de agosto de 2013

Poesía




            Heise Jinyao, ilustración





Piedra de Fundamento

Piedra-corazón filoso, áspero. 
Garra de oso, mirada turbia.
Piedra que se hiere y se nutre de su propia sangre.
Piedra-corazón: mi tesoro.
Aliméntate de mi garganta sellada y multiplícate
para lapidarme desde adentro.

Piedra-corazón en el camino,
estigma y parquedad, eso que soy.

Te puse cuidadosamente dentro de mi zapato,
piedra y pie hermanados en el momento del tropiezo.

Sagrado, sagrado, venenoso y sagrado.

Si quito esta piedra se derrumbará mi civilización,
cuanto fui levantando tan hermosa y estúpidamente.

La enciendo de un soplo
y alumbra mi lengua en la oscuridad que se disuelve,
entre los pequeños animales lastimados,
bajo el aire escarchado del amanecer.

Piedra-corazón, ¿qué vas a pulverizar 
cuando te pulverices?
Tú, la que llora con una mano sobre sus genitales
de varón castrado, piedra-corazón maldita,
mi tesoro.


Poesía




                    John Folley  (San Sebastián)






Carta desde el infierno

¿Nadie le da albergue al peregrino, 
mi dulce dios de las encrucijadas?

Este viaje largo y la luz que no asoma.

El peregrino busca la luna detrás del eleggua
que lleva entre los ojos, 
y que una vez tuvo otro nombre
cuando fue el escriba mayor 
de los dioses del Nilo, su Mensajero.

El peregrino busca la luna de leche, 
la luna de plata viva. 
Porque detrás de la luna, siempre, habita el sol.

¿Nadie le presta un techo al peregrino? 
No hay templos a su paso, ni tabernas,
es el abandonado de sí mismo, 
el que no se mira en un espejo,
el que sueña.  El que remienda 
lo que queda de su cuerpo.

Quizá lo que quiere el peregrino es volverse loco.

Quizá mira hacia arriba 
acechando las constelaciones. 
El oso que lo guíe.

La lumbre cierta como una pedrada 
en el ojo transido del cielo.



De mi archivo: Brujas (novela)







Brujas (novela)  
Chely Lima 
Editorial Letras Cubanas, 
La Habana, 1990




Un grupo de jóvenes que rechaza los prejuicios y las normas caducas del pasado, una mariposa nocturna y cierta anciana que viaja en una escoba, son tres cartas con las que parece jugar esta novela de singular estructura. Sus páginas encierran un modo nuevo de enfrentar temas universales como el amor, el sexo, las amistades o la muerte, dentro de nuestra realidad, y son al mismo tiempo una atrevida propuesta y un desafío. En este sentido, Brujas es, sin lugar a dudas, una oferta sorprendente de la más reciente literatura cubana (Nota de contracubierta).


oOo



Se trata de mi primera novela, que más tarde tendría continuidad en Confesiones nocturnas (Editorial Planeta, 1994). La cubierta está diseñada alrededor de un fotocollage de Alberto Serret, y el libro se encuentra dedicado al pintor y dibujante cubano Mario Bermúdez (que aparece como personaje dentro de la novela).

Poesía




           Yukio Mishima fotografiado por Tamotsu Yató.  





La boca amarga

Hierba amarga para mi boca,
hierba de la que cultiva el diablo.

La hierba que baten las brujas en su caldero,
y visiones que nacieron por la noche
en la edad del incendio:

Cuerpos hechos de tierra,
cuerpos claros como untados con plata
y cuerpos oscuros, fabricados 
con la parte más candente del sol.

La hierba crepitando en la boca, hierba amarga.
Ven, bajaremos otro par de peldaños
y verás encenderse la oscuridad:
Fuegos que laten calladamente entre las peñas.

Esta es la caverna donde nace el dios,
la caverna que se abre en la noche más profunda.

No le hagas resistencia al sabor amargo 
de mi hierba en tu boca,
la hierba que sólo cultiva el diablo dentro de ti.

La luz ahora no existe. 
El día es una noción desconocida.
Viviremos en esta caverna por una eternidad; 
sólo el sabor
amargo de esa hierba en tu boca, y las visiones.

Un cuchillo en tu mano 
o tal vez un cuchillo brotando de tu vientre.
Hoja afilada, puntiaguda. Hoja vibrátil y caliente.
Quieres clavarla, quieres bañarte en sangre.


Ellos dos, que se miran en silencio, a escondidas.

Y los miras mirarse mientras tiemblan.
Y los ves desnudarse, las manos torpes
como si recién nacieran;
las manos se enredan en las ropas, 
y los cuerpos,
los benditos cuerpos que se sueldan.
Sus bocas buceando.

Sus bocas, que no mastican como tú la amarga hierba.
Sus bocas balbuceando y gimiendo y gritando
lejos de ti, lejos de tus ganas;
protegidos de ti y de tu garra.

Sus cuerpos que se rompen por fin en el estallido último
y entonces dejan de ser tan preciosos, se convierten en dos
fríos cuerpos ajenos, de tierra, de barro, de agua bebida.


Mastica, por favor, la hierba amarga, 
la hierba del diablo en mi boca.

Percibe el áspero dulzor que hay en el extremo
de ese sabor casi metálico.

Cierra los ojos y sueña lo que estás viviendo.
Vive calladamente lo que sueñas:

Sangre en tus manos, sangre en tu boca.
Amargo dulzor de la hierba del diablo.


 

Poesía




Nicoletta Tomas Caravia  (Ventanas del alma)





Poema quiteño

Te buscaba, Viracocha, Ochumare, Espuma del Mar,
en la ciudad inmóvil crecida en la sierra.
Te buscaba lejos del agua, 
allí donde los guijarros son grises,
a través del insoportable crepitar de las campanas.

Y Quito estaba muda,
a pesar del griterío de los mercados 
y los altoparlantes que anidan
en los rectángulos de vidrio de la zona residencial,
estaba como dormida.

La hermosísima ciudad reposaba entre volcanes
y nada era huaca en ella para mí,
que perseguía tu voz sagrada, Viracocha,
y me golpeaba la frente 
contra los indígenas prosternados
en una iglesia vacía.

Yo daba vueltas clamando por tu voz,
porque una ciudad que duerme es pavorosa:
El aire te hiere como un cuchillo de niebla
y el sol, mi padre, y la luna, mi madre,
no tienen rostros asequibles.

Yo no he venido del Caribe a ver 
los anuncios de televisión.
Yo no he viajado con mis dioses tomadores 
de ron y de aguardiente
a desfilar por las avenidas donde 
los hombres de corbata se apresuran
y las indias venden a los turistas 
falsos llamingos de metal.

Yo quería encontrar a Mama-Quilya 
en el rostro de Mariana de Jesús.
Yo quería presentir el paso diligente 
del ekeko amansando la sierra,
cargado con sus humildes dones.

Yo he venido a mezclarme con tu sangre,
a descubrirte en la gente cobriza.
A llenarme de ti, de tu voz dorada,
de tu solemne silencio que nada tiene que ver
con el silencio urbano mutilado.



lunes, 5 de agosto de 2013

Poesía




                    Hombre cabalgando un gato, del Jardín de las Delicias 
                    de Hieronymus Bosch, El Bosco 







Hay un gato en la escala de Jacob

El ángel -maldito ángel- 
ha luchado conmigo en la noche cerrada,
y ella, mi más pequeña, 
se ha ido al país de los espíritus.

Era blanca y negra como Arlequín.

Vivió en Jerusalén hasta que Aquel que anuncia 
la trajo en una caja.

Caja de cartón, caja de oro. Caja del tesoro:
Así eran entregados de incógnito los hijos de los reyes.

Yo te maldigo, ángel, con mi voz más ronca.
Yo te bendigo y, naturalmente, 
me tengo que postrar a tus pies.

Ángel que das y luego quitas, estafador celeste.

Desde entonces hay un grito 
pendiente para el amanecer
y una sorpresa terrible delante de mi puerta.
Ellos, los que se esconden en el exceso de luz, 
me miran aullar con sus ojos inmóviles, 
como de piedra.

Yo te maldigo, ángel, con mi saliva más dulce 
y los puños apretados.
Nada sabemos acerca del amor.

Yo te maldigo mientras te acuno y no estás.
Pero si alguien necesita un corazón para morder
y arañar con zarpas diminutas, aquí estoy. 
Si alguien necesita romper 
un corazón en mil pedazos:
Aquí estoy. 
Tengo el uno en la hilera del ángel 
que hiere mientras acaricia.

Yo te maldigo 
y te llamo por tu nombre más secreto. 
Hundo los dedos en el fango 
en que te has convertido, te sostengo,
te huelo, te soporto.  Te espero una y otra vez:

No se presta la lumbre 
para después apagarla de un soplido.