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martes, 23 de julio de 2013

Poesía


Relieve en metal de Cacaio Tavares  (Wiracocha el Creador)






Memoria de Wiracocha


Yo apenas te conocía, lo confieso.

A bordo del ómnibus que traqueteaba

por esa oscura carretera del sur,

escuchaba a Charlie en el walkman,

sin saber el tamaño de mi pacto contigo.

No eras más que un nombre y una cara

esquemática en la vela de un barco;

el resplandor insoportable de la revelación

dentro de un sueño ajeno. 

Solos tú y yo en la madrugada

bajo la Vía Láctea (Charlie cantando

la indómita luz se hizo carne en mí).

El corazón listo para ser exprimido

en tu vendimia bárbara, maestro,

y ser resucitado luego por tu soplo.

Las montañas se multiplicaban afuera

y se llamaban Andes, mi segundo nido,

el más odiado, el asesino de mi amor.

La isla necrosada pesándome

en la vesícula.  Tu camino y el mío,

trenzados, maestro, navegante.


Ahora escucho de nuevo a Charlie,

respiro la memoria y me circunda

el olor a humo y adobe y maíz molido

del pueblo diminuto, con huacas que lamieron

(sus lenguas de polvo, sus cuencas despobladas,

sus bocas sin carne, sus tiernos dedos

de escarcha) este costado, donde entonces

me acababan de cercenar un ala.

Yo, el pez que se asfixiaba en la ciudad

claveteada de iglesias.  Yo, el oso embridado,

raído de sed.  Yo, el águila que estabas

empollando todavía, y el búho en creciente…

Mis pies en las viejas botas pisaban mal

encima de tus huellas de sangre y agua;

pisaban bien en lo que me aprendía

la cecina secreta de las maldiciones,

en aquel tiempo en que mi especie se volvió enemiga,

y los Señores, los taitas de las cuatro direcciones

me enseñaron a fumar un tabaco y devolverlo intacto

en la certera ambigüedad del alba.



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