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martes, 30 de julio de 2013

Poesía



          Pintura de Susan Seddon Boulet

         



Zona de silencio


No queda nadie.
El viento mete las manos en las habitaciones vacías,
rompe papeles, desordena mis sábanas.
No queda nadie a quien decirle te amo, qué día es hoy,
cuándo llegaste.

Me están cercando los lobos.

Veo el ojo febril de la fiera y la luna que arde en su centro.
Una luna de agua, delgada, como una tajada de acero.
Lobos grises, lobos negros, lobos blancos de pelaje erizado.
Lobos en acecho.

Nada que decir, nada que recordar, nadie por quien llorar,
ni siquiera por mí. Nada. Nadie.

Lobos en círculo y el dolor que va subiendo por la garganta
desde el pecho. El dolor como un cordel de fuego,
como un hambre sin curación posible.
Como un latigazo que estalla al azar en un círculo de lobos.

Nada sino el viento en las habitaciones vacías, 
los muros abatidos,
ladrillos a punto de desmigajarse como pan seco.
Muros blancos
y lobos negros que se recortan en la luz cegadora del día.
Muros negros y un lobo solitario, blanco,
que se recorta a contraluz, a contrasombra.

El teléfono ha dejado de sonar. Internet no existe.
Las cartas se fueron despedazando,
húmedas y carcomidas por la ausencia de mi mano.
Un televisor muerto frente a la cama. Lobos que aúllan.

Y esa figura de bruces: yo mismo, yo misma.
Esa figura que se levanta sin aire, sin tiempo, y, lentamente,
va a unirse a los lobos.


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