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martes, 30 de julio de 2013

Isla después del diluvio, la novela y una crítica







Fragmento de...

Isla después del diluvio
novela, 
Editorial Linkgua, Ediciones Malecón (EEUU, 2010).


Compartían el aspecto de la adolescencia eterna y eran gemelas idénticas hasta en los detalles de lunares y pequeñas cicatrices, porque lo que marcaba la piel de la una se reproducía en la otra al mismo tiempo. Mirarlas era más que asistir al milagro del espejo perfecto; el ojo del espectador captaba en su parecido algo demasiado sutil para poder explicarlo, una suerte de extraño desdoblamiento que multiplicaba la luminosidad blanquiazul en sus carnes y rojiza en la cabellera que enmarcaba sus rostros desafiando cualquier tendencia de la moda.

Las hermanas eran deliciosas en el sentido más evanescente de la palabra, y cualquier mujer deseable parecía opaca junto a ellas, sin embargo, si se las miraba en detalle no era posible reconocer en sus figuras ni un ápice de lo que normalmente exigimos a la belleza, porque no existía un solo rasgo regular en sus caras hoscas ni en sus cuerpos mal desarrollados. El atractivo se fundaba más bien en aquella aura exótica que rodeaba sus figuras, en la ambigua exquisitez con que estaba dotado cada uno de sus movimientos.

Viajaban seguidas por un equipaje tan abundante, que varios meses después de que hubieran abandonado un lugar continuaban pasando por el sitio oleadas de enormes cajas de madera, bultos y baúles, que parecían seguirlas en su periplo como un hilo que ensartara los cinco continentes. Y con ellas iba un personaje desconcertante, el Preceptor, un individuo alto, de largos pelos aceitados, que por su piel y sus facciones parecía gitano, y al que después de los primeros momentos nadie se atrevía a mirar más que de reojo, porque cuando la espalda del Preceptor no estaba expuesta a una luz potente, eran perceptibles un par de enormes alas de plumaje abundante, entre el blanco, el rojizo y el castaño claro, que por lo común permanecían plegadas. La fuerza de la ilusión era tal que algunos no podían aguantarse y, disimuladamente, alargaban una mano para palpar lo que no era al tacto sino aire y claroscuro.

Una mañana de diciembre el trío apareció en la escalerilla de un avión que acababa de posarse en el aeropuerto de Rancho Boyeros, en Ciudad de La Habana. Las dos hermanas iban delante, amparadas por su aire de sonámbulas, y el Preceptor las seguía a corta distancia. Los tres vestían ropas de un blancor tan centelleante que ninguno de los que andaba por allí pudo sucumbir más allá de un segundo a la tentación de mirarlos...


oOo


Una crítica de Isla después del diluvio, de Carlos Espinosa Domínguez, aparecida en Cubaencuentro el 02/03/201:


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