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miércoles, 31 de julio de 2013

Poesía




           Hombre cortejando a un muchacho  (Detalle de ánfora ateniense, 
           siglo V a. C)





No hay modos de evadir el fuego


1

-Tócame -dice el joven, y es como un animal temeroso-
Rózame con tu mano izquierda, la desatendida.
Confiesa que eres como yo.

No hay modos de evadir el fuego y tú lo sabes.
Trátame bien -dice el joven-, 
porque es la primera vez y tengo miedo.

Y el otro, el Fulgurante, avanza desde la sombra,
hecho él mismo una sombra, y se sumerge.



2

Yo soy el tercer ojo.

Tremo en la penumbra y el deseo me traspasa
como una magnífica espina de acero.

Yo oficio en bodas sacrílegas.
Pulso mi cuerpo y me ahogo en su música impalpable.
Atisbo el maremagno de los cuerpos debatiéndose,
me salpico de su melado;
vivo de mis pupilas y de mi olfato.

Delante de mi rostro absorto entrechocan sus vientres,
bate espiga contra espiga.
Y un terremoto parte de la planta de mis pies
y sube hasta mi frente por medidas de huracán.

Dos varones cruzan espada 
entre relámpagos y detonaciones,
y yo soy el tercer ojo.
Soy el que visiona.  Soy el cronista.
No tengo entonces sexo ni edad ni nombre.
Soy el estremecido contemplante.
Soy la tercera letra de un alfabeto 
que no se pronuncia por miedo.

Tengo la lengua tan dulce de mirar y derramarme,
que podría vencer a una muchedumbre
con una solitaria gota de saliva.




Poesía




                Foto de Jorge Warda

      




Discurso de la amante


1

Por esta vez
solo pretendo que     
la luz polvorienta
de mi lámpara de cabecera     
irrumpa en tu cuerpo
mientras te desnudas para mí,
mientras te sientas en el borde de la cama,
ligeramente inclinado hacia delante
y me miras
con esa caída de ojos peculiar
que dice: Tómame.


2

Lo que hacen los osos como yo
cuando encuentran un panal.
Dos dedos que exploran la dulzura,
el oído alerta a tus zumbidos,
cúmulo apretado de abejorros pálidos.
Cerrar los ojos para adentrarse,
arder, repetir el movimiento.
Vivir a través de las prolongaciones
de la mano, convertirse en mi mano
penetrante, rítmica, absorta 
en un discurso sin palabras. 
Adentro, adentro, adentro.


3

Quiero comer tu carne y beber tu sangre
como se hizo desde siempre con los dioses.
Quiero oírte decir con la voz ronca –voz de puta
y de virgen, voz de hombre que incita al mal
amor, a amor del bueno- que quieres que te bese.
Quiero hacerte llorar contra la cicatriz que me cruza
el pecho y entender que esa es mi única cura.
Quiero quererte para siempre, quiero violarte
con tu consentimiento, quiero albergar en la zurda,
que es mi mano de suerte, la culebra que se despereza,
anturio, pájaro mojado, flauta de azúcar viva, 
entre tus muslos. 





Literatura infantil: Abuela Trina y Marrasquina...





Abuela Trina y Marrasquina van a la ciudad 
Chely Lima 
(Editorial Panamericana, Bogotá DC, Colombia)



Abuela Trina y Marrasquina
van a la ciudad
(fragmento)

Abuela Trina decidió pasar ese otoño con sus hijos y nietos en la gran ciudad, y se trajo con ella tres maletas enormes y a la cabra Marrasquina.

Cuando la abuela abrió la primera maleta salieron volando un millar de mariposas que se esparcieron por toda la casa, salieron por las ventanas y llenaron de colores el cielo de la ciudad.

Cuando abrió la segunda maleta, la familia maravillada descubrió un cargamento de dulces caseros confeccionados por la abuela...

... y eran tantos, que hubo para llenar la despensa y repartir entre los vecinos, y aún así quedaron para obsequiar al hojalatero de la esquina, a la señora que vende diarios y al quinto regimiento del cuerpo de bomberos...


Poesía



       Pintura de Piero di Cosimo  (San Juan Evangelista)
   




 Mi dios es un elefante engalanado, un danzarín que gira en una rueda de fuego, un hombre que se maquilla los párpados de azul profundo. Es una mujer embarazada a punto de parir el cosmos.

 Mi dios es un humilde artesano con las muñecas atravesadas por clavos mohosos, un joven armado con látigo que echa por tierra las mesas de los mercaderes en el templo. Es un hombre de mirada verde sentado entre Magdalena y su discípulo favorito.

 Mi dios es un guerrero de cuerpo rojo armado con la doble hacha, es una bola de luz, un lago secreto, un volcán dormido, un árbol solitario que resiste los rigores de la próxima glaciación.

 Mi dios es un átomo, una piedra, una hoja seca, un perfil desconocido que centellea detrás del cristal de la ventana bajo la lluvia.

 Mi dios está en todo. En nada. Mi dios casi no existe a fuerza de existir. Le digo “dios” por darle algún nombre, pero es el innombrable, el impalpable, el increado, al mismo tiempo tan real como el pecho de mi madre goteando en mi boca de recién nacida.

 Mi dios no es excluyente, porque excluyentes somos los hombres.

 Mi dios tiene el aspecto de mi amante, de mi madre y mi padre, de mi peor enemigo. Es inútil hablar de él y al mismo tiempo es inevitable. Es indescriptible, inefable y más íntimo que mi sangre menstrual, que mis quejidos, que mi grito para entrar en la batalla, que mis huesos blanqueando en una tumba anónima.

 Mi dios no es mi dios y yo no soy de él, porque hay un punto en el que nos confundimos y somos lo mismo, él-ella en el macromundo del macromundo, y yo en el micromundo.


 Ahora mismo me ha tocado con su aliento para que yo escriba, lee estos versos imperfectos por encima de mi hombro, y sonríe.


Poesía




            Pintura de Rembrand  (Niña en un marco)

     


           Resulta que soy quien soy.

He dejado de negarme.
Soy lo que nadie puede ser por mí.
En la punta de los omóplatos

me despuntaron unas alas extrañas.
Ya nadie va a desplumarme. Nunca.




Ŧ



Infancia

1
Un niño solo, cabizbajo.
El disco gira. Los cisnes bajan en vuelo rasante.

Un niño que trata inútilmente de darse un nombre.

Él ama a todos. Él no sabe de límites ni hechizos.
Quiere una espada y un caballo negro, pero desconoce
a quien le espera en la torre que custodia el dragón.

Se ve en un tiempo que no existe.
Se intuye en una guerra cuerpo a cuerpo.
El agua del mar lo reclama con un chasquido de lujuria.
La música lo enreda en una sábana de niebla, lo diluye.

Un niño serio, con los ojos amarillos como los de los búhos.

Él no sabe dónde está su tribu. Él no sabe.
Extiende los dedos y su mano es una araña, una estrella,
un pequeño animal pálido que busca a qué asirse.

Se toca las clavículas con la punta de los índices fríos;
se muerde intentando inútilmente probar el sabor
de su propia sangre. Se impacienta.
Quiere apedrear el nido de secretas apetencias
que la melodía revela a medias.

Un niño absorto, sentado en el regazo de la muerte.

Él quiere que todos sean sus amantes, sus presas
en la cacería que se anuncia.

La música hace un giro, empieza a replegarse
traza una espiral en el long-playing negro, expira.



2
Tenía un ángel guardián que parecía un cantante de rock.
El pelo largo, enredado, ensortijado.
La boca a dos milímetros del micrófono, sonriente,
ambigua como la del San Juan de Da Vinci, curvada
y muy roja, sangrienta casi. La cintura,
sobre el torso de tetillas puntiagudas, ondulando.
Las nalgas apretadas. Los muslos a punto de quemarse.

Un ángel desnudo debajo de su sobretodo gris.
Un ángel con ojeras delatoras.
Con un tizne sospechoso en los párpados.
Con lentes oscuros para despistar a Dios.

Todas las noches me arrullaba, me dormía con historias
de orgías celestes que duraban mil años.
Cosía mis disfraces de nerd, de estudiante estudioso.
Aconsejaba qué máscaras usar, qué tonos de voz
emitir en los momentos oportunos, qué camuflajes
de camaleón ceñirme al pellejo.


Ŧ



Sangre dulce: Un filme basado en la pieza teatral homónima de Chely Lima



Poster del filme Sangre Dulce, un film de José Zambrano Brito, 
basado en la pieza teatral homónima, de Historias de Hotel, de Chely Lima.



Ficha Técnica

País: Ecuador
Año: 2010
Formato: HD
Realización: José Zambrano Brito
Duración: 53 minutos
Género: Ficción
Guión: José Zambrano Brito, adaptación de la pieza teatral Sangre Dulce, perteneciente al tríptico Historias de Hotel, de Chely Lima
Producción: Katalina Calvache
Productora: Quiatro, realización audiovisual y artes escénicas
Actúan: Diana Borja, Juan José Franco, Jorge Mateus, Marliz Romero, Alfredo Coloma
Fotografía: Freddy Lima
Edición: José Zambrano Brito
Música: Vladimir Albornoz


Trailer del filme:



Tres fotos de la filmación:




martes, 30 de julio de 2013

Poesía




       Dyonisos Riding Panther (Floor Mosaic, Delos, House of the Masks, 
       ca 120-80 BC),  Delos Archaelogical Museum, Delos, Greece




Dionisos


Él anuncia que vendrá y que ya nada volverá a ser como antes.

Él promete que lo veré a danzar a mi alrededor,
con su cuerpo machihembrado, 
con sus ojos de pájaro y su lengua escindida.

El Hombre Serpiente.

Aquel que se adentra en mi boca 
para morderme y pasarme su veneno.

El que plantó en mi cabeza  
las imágenes del mapa
de esa comarca que no existe más 
que del Otro Lado.

El que es agua y aire y fuego y tierra.
El que se curva para chupar su propio falo.
El insaciable.

El que mueve las caderas como una hembra.
El que avanza con la fuerza de una flecha
para clavarse en el centro mismo de la diana.
El que es Hijo y Amante y Maestro al mismo tiempo.

El Hombre Mariposa.

Aquel que cantaba 
en las madrugadas de mi infancia
para poner humedad en el dedo con que bajé por mi vientre
a la hora en que dormían los adultos.

El que te aplasta el corazón con una mano
y con la otra lo empapa de su propia sangre para curarlo.

El que te viste 
con todos los colores del arcoiris.
El que conoce los secretos 
del camino subterráneo.
El que desciende y el que vuela.

El favorito del Padre: 
Aquel que vive a su diestra y es acariciado.
El favorito de la Madre: 
Aquel que se alimenta 
de sus pechos y de su boca.

Aquel que jamás duerme.
El que te habla desde el silencio
y te hace caminar cuando estás tendido.
El que te puede llevar por un paisaje 
donde el sol ya no se pone nunca
y al mismo tiempo nunca 
deja de ser noche estrellada.

Él promete que vendrá y que ya nada volverá a ser como antes.



Poesía




       Foto de Chely Lima





Francotirador en la niebla


Disparo a ciegas, a tumbos por el rumbo 
de la última confluencia.
Disparo de soldado herido
que se mantiene en pie por pura obstinación.

Disparo ráfagas que van a incrustarse 

en mi cabeza sin sosiego.
Disparo ráfagas que me vacían el pecho. Vuelo, disparo.

Doy vueltas sobre mí mismo, sin dejar de apretar el gatillo,
por más que no sé dónde se esconde
el enemigo que tiene mi rostro.
El que soy yo y viene dispuesto a liquidarme.

Tanteo ramas, rocas cubiertas por el musgo, hilos de agua
que fluye en el silencio de lo que nunca ha sido contemplado.

Adivino paisajes de helechos gigantescos,
huellas de manos ennegrecidas por el humo,
huellas de francotiradores que se restriegan los ojos
en un esfuerzo inútil por ver por dónde va el camino,
las piedras para tropezar, los atajos, los escollos,
la criatura herida que me espera en algún punto.



Isla después del diluvio, la novela y una crítica







Fragmento de...

Isla después del diluvio
novela, 
Editorial Linkgua, Ediciones Malecón (EEUU, 2010).


Compartían el aspecto de la adolescencia eterna y eran gemelas idénticas hasta en los detalles de lunares y pequeñas cicatrices, porque lo que marcaba la piel de la una se reproducía en la otra al mismo tiempo. Mirarlas era más que asistir al milagro del espejo perfecto; el ojo del espectador captaba en su parecido algo demasiado sutil para poder explicarlo, una suerte de extraño desdoblamiento que multiplicaba la luminosidad blanquiazul en sus carnes y rojiza en la cabellera que enmarcaba sus rostros desafiando cualquier tendencia de la moda.

Las hermanas eran deliciosas en el sentido más evanescente de la palabra, y cualquier mujer deseable parecía opaca junto a ellas, sin embargo, si se las miraba en detalle no era posible reconocer en sus figuras ni un ápice de lo que normalmente exigimos a la belleza, porque no existía un solo rasgo regular en sus caras hoscas ni en sus cuerpos mal desarrollados. El atractivo se fundaba más bien en aquella aura exótica que rodeaba sus figuras, en la ambigua exquisitez con que estaba dotado cada uno de sus movimientos.

Viajaban seguidas por un equipaje tan abundante, que varios meses después de que hubieran abandonado un lugar continuaban pasando por el sitio oleadas de enormes cajas de madera, bultos y baúles, que parecían seguirlas en su periplo como un hilo que ensartara los cinco continentes. Y con ellas iba un personaje desconcertante, el Preceptor, un individuo alto, de largos pelos aceitados, que por su piel y sus facciones parecía gitano, y al que después de los primeros momentos nadie se atrevía a mirar más que de reojo, porque cuando la espalda del Preceptor no estaba expuesta a una luz potente, eran perceptibles un par de enormes alas de plumaje abundante, entre el blanco, el rojizo y el castaño claro, que por lo común permanecían plegadas. La fuerza de la ilusión era tal que algunos no podían aguantarse y, disimuladamente, alargaban una mano para palpar lo que no era al tacto sino aire y claroscuro.

Una mañana de diciembre el trío apareció en la escalerilla de un avión que acababa de posarse en el aeropuerto de Rancho Boyeros, en Ciudad de La Habana. Las dos hermanas iban delante, amparadas por su aire de sonámbulas, y el Preceptor las seguía a corta distancia. Los tres vestían ropas de un blancor tan centelleante que ninguno de los que andaba por allí pudo sucumbir más allá de un segundo a la tentación de mirarlos...


oOo


Una crítica de Isla después del diluvio, de Carlos Espinosa Domínguez, aparecida en Cubaencuentro el 02/03/201:


Poesía



          Pintura de Susan Seddon Boulet

         



Zona de silencio


No queda nadie.
El viento mete las manos en las habitaciones vacías,
rompe papeles, desordena mis sábanas.
No queda nadie a quien decirle te amo, qué día es hoy,
cuándo llegaste.

Me están cercando los lobos.

Veo el ojo febril de la fiera y la luna que arde en su centro.
Una luna de agua, delgada, como una tajada de acero.
Lobos grises, lobos negros, lobos blancos de pelaje erizado.
Lobos en acecho.

Nada que decir, nada que recordar, nadie por quien llorar,
ni siquiera por mí. Nada. Nadie.

Lobos en círculo y el dolor que va subiendo por la garganta
desde el pecho. El dolor como un cordel de fuego,
como un hambre sin curación posible.
Como un latigazo que estalla al azar en un círculo de lobos.

Nada sino el viento en las habitaciones vacías, 
los muros abatidos,
ladrillos a punto de desmigajarse como pan seco.
Muros blancos
y lobos negros que se recortan en la luz cegadora del día.
Muros negros y un lobo solitario, blanco,
que se recorta a contraluz, a contrasombra.

El teléfono ha dejado de sonar. Internet no existe.
Las cartas se fueron despedazando,
húmedas y carcomidas por la ausencia de mi mano.
Un televisor muerto frente a la cama. Lobos que aúllan.

Y esa figura de bruces: yo mismo, yo misma.
Esa figura que se levanta sin aire, sin tiempo, y, lentamente,
va a unirse a los lobos.


Shiralad o El regreso de los dioses






De dónde surgió…

SHIRALAD 
O EL REGRESO DE LOS DIOSES


(Serie de ciencia ficción de la TV cubana, estrenada a principio de los años noventa en el espacio Aventuras).



Todo comenzó por una novela que yo escribía en aquel entonces (estábamos a finales de los ochenta) y que jamás llegué a terminar, porque murió “vampirizada” por la serie de TV, para decirlo de un modo dramático.

Mi novela mezclaba fantasía heroica y ciencia ficción, y en ella una nave-escuela terrícola sufre un accidente al que solo sobrevive una joven astronauta acompañada por un cíber instructor. La nave atraviesa un agujero negro que la conduce al futuro de Shiralad, un planeta parecido a la Tierra, en el que tres ciudades-estado y varios pueblos nómadas (uno de ellos integrado por una especie racional alada) comienzan a rebelarse contra la ciudad-santuario que quiere tener el dominio absoluto.

En una de esas ciudades, un gobernante ve morir a su mujer y su hijo varón recién nacido, y para no perder el derecho al trono, utiliza la estratagema de “convertir” en príncipe sucesor a una de sus hijas, con lo que la chica se ve obligada a renunciar a su feminidad para dejarse moldear como guerrero, puesto que las leyes de la ciudad no solo impiden que cualquier mujer ocupe cargos públicos, sino que prohíbe además que las damas de la alta sociedad se expongan a la luz del sol, y las mantiene veladas en el fondo de habitaciones herméticas.

La astronauta y el cíber son recibidos en Shiralad como dioses, y en cierto momento descubren que no son los primeros terrícolas en visitar el planeta; por una paradoja en el tiempo, una nave del futuro de la Tierra había ido a parar al pasado de Shiralad, y su visita involuntaria generó una religión de la que la ciudad-santuario conservaba las principales reliquias, entre ellas una nave espacial movida por energía atómica, que si se echaba a andar sin el conocimiento adecuado podía hacer estallar el planeta.

La trama de mi historia original (que era mucho más erótica y violenta de lo que puede serlo una serie de TV, y contaba con personajes y locaciones que no aparecieron en pantalla) se centraba en la hermandad que surge entre la astronauta terrícola, condenada a vivir en un mundo ajeno y primitivo, y la princesa-guerrero que acaba por descubrir que su mayor fuerza radica en aceptar la potencia de su naturaleza femenina, para integrarla a su mitad activa.

Cuando Alberto Serret me propuso que adaptáramos a la televisión lo que ya estaba escrito de la novela, me pareció una buena idea. El proyecto fue aceptado por la sección de programas infantiles y juveniles del ICRT (Instituto Cubano de Radio y Televisión), y Serret y yo lo trabajamos con una brillante asesora de dramaturgia, Iliana Prieto, y con un joven director que se enamoró de la historia, José Luis Rodríguez, quien supo reunir un excelente equipo a su alrededor, y salvar los titánicos escollos del principio del Período Especial en Cuba, para llevar la serie a buen puerto.

En los meses que duró la grabación pasaron muchas cosas que no voy a contar aquí (cosas buenas y malas), pero Shiralad estaba empeñada en nacer, y aquellos que la realizaron eran entusiastas, talentosos y terriblemente obstinados.

El resultado ustedes lo conocen (al menos los que la vieron en pantalla).

Yo no la vi nunca, tampoco Alberto, porque para cuando se estrenó ya nos habíamos marchado de la isla para no volver...

Para aquellos que nunca la vieron, y también para aquellos que quieran rememorarla, aquí un corto video con escenas donde aparece Jorge Perrugorría en el papel del Escriba:



Poesía



            Earth Serpent (Keltic Designs by Jen Delyth)




Ouroboros


Dios con diosa,
así ha sido siempre,
pero yo,
mi espíritu como una llama torturada,
mis manos repletas de esa turbia bienaventuranza 
del paisaje que dibujé noche a noche,
encuentro finalmente que puedo respirar la espuma
del agua más densa.

Dios con dios, digo,
y nada ni nadie pueden revocar
mi pronunciamiento.

Dios que es dioses cantando.
Y mi olor se eleva como el estallido de una luminaria.

Mi ADN se retuerce extáticamente,
emite biofotones que saltan, enloquecidos,
e invocan su cara prohibida,
la boca abismal que se abre y absorbe su propia extremidad.

Dios absorto en sí mismo.
Dios que grita en el extremo del orgasmo
con que se crean los mundos.

Dios con dios, repito,
en una tormenta de sangre que asciende,
y soy yo quien asciende, entre aullidos, la espiral.

Árboles, ya podemos respirar porque amanece verdeazul,
porque el aire de turquesa encontró por fin su sitio,
y somos lo que somos.

Somos lo que somos: Dios con dios.

Y yacen en un silencio purificado.
Y son todo mío.