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lunes, 21 de marzo de 2011

Una foto: La Habana, años ochenta.

De izquierda a derecha:
Detrás de la cámara, Sergio Andricaín.
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Es una foto histórica, y lo digo medio en broma, pensando en los amigos que aparecen en ella -así como en el que está detrás de cámara- y medio en serio, porque aparte de mi muy humilde persona, la imagen reúne un trío de autores notables: Daína Chaviano, Antonio Orlando Rodríguez, y -el menos conocido de los tres- Alberto Serret.

Fue tomada por Sergio Andricaín a la salida de una comilona pantagruélica, muy poco común en esa época y circunstancia.

Ya no recuerdo por qué tenemos las caras que tenemos, ni qué chistes nos habíamos estado haciendo. Sé que éramos muy jóvenes, muy inocentes, y que para aquel entonces ya algunos se habían dado el gusto de tejer a nuestro alrededor una leyenda negra -merecida o no, quién sabe-, en especial porque el tipo de literatura que escribíamos se apartaba radicalmente de la “literatura comprometida” tan en boga en ese momento.

Y es que nuestro grupo se decantaba por la fantasía, la ciencia ficción, el erotismo, el misterio… Deseábamos mostrar la realidad desde un punto de vista novedoso. No queríamos que nuestros libros se erigieran en libros-consignas. Estábamos hartos de realismo socialista. Hubo muchas críticas por ello. Incluso de escritores de nuestra generación -y de otras- que más tarde se inscribirían entre los que le hacían oposición al régimen.
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Años ochenta, bromas entre amigos, complicidad de los que se reúnen para leerse sus últimos cuentos y sus proyectos de novela, sus poemas que tal vez habrán de ser censurados. Desde el futuro acechan el exilio, la muerte, la lucha por la supervivencia y nuevos retos. Pero en la foto estamos felizmente ignorantes del futuro. Esperamos algo que no sabemos qué podrá ser. Miramos a cámara y nos sentimos desafiantes. Somos tan jóvenes...

Clic, y de pronto ya es el pasado.


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Sirvan para ilustrar la foto (lo que a primera vista parece un contrasentido) estos fragmentos de una entrevista al escritor cubano Antonio Orlando Rodríguez (Premio Alfaguara 2008), de Maricel Mayor Marsán, que apareció originalmente en la Revista Baquiana, y que rescato a partir del periódico digital Foro Invasor:

En 1989 publiqué Querido Drácula, mi segundo libro para adultos, esta vez animado por Reynaldo González, quien se había hecho cargo de Ediciones Unión. A diferencia de Strip-tease, esta resultó una colección de cuentos menos amarga y desesperanzada, en la que los rasgos predominantes eran la mezcla de ciencia ficción y fantasía y un humor disparatado y burlón. La razón de ese cambio a un tono más lúdico la atribuyo a dos motivos: estaba enamorado y había encontrado a tres amigos escritores que tenían mucho en común con mi forma de entender la literatura. Eran Daína Chaviano -que había ganado el premio David de ciencia ficción con Los mundos que amo y acababa de dar a conocer los cuentos de Amoroso planeta-, y Chely Lima y Alberto Serret, quienes habían publicado Espacio abierto, una colección de relatos fantásticos y de ciencia ficción que dio mucho que hablar.

Comenzamos a reunirnos en el pequeño apartamento que tenían Chely y Alberto en la calle Trespalacios, en Luyanó, y pronto esos encuentros se volvieron fundamentales para nosotros. Durante esas reuniones, que a veces comenzaban en la mañana y podían prolongarse hasta altas horas de la noche, leíamos y discutíamos nuestros manuscritos en proceso, hablábamos de mil cosas y comíamos los manjares que preparaba Serret. A menudo nos invitaban a dar charlas juntos en distintas ciudades del país y en uno de esos viajes nos hospedaron en una “casa encantada” donde fuimos testigos, durante dos noches, de una serie de fenómenos paranormales, episodio que más tarde Daína recreó, con un matiz humorístico, en su libro El abrevadero de los dinosaurios.

Como hacíamos una literatura diferente a la que primaba en los años 1980, no tardaron en aludir a nosotros como un grupo literario. El crítico Salvador Redonet Cook nos decía “los fantásticos” o “los cuatro fantásticos”. Pero en realidad los cuatro éramos cinco, pues también formaba parte del grupo Sergio Andricaín, quien por entonces escribía reseñas de libros y trabajaba como investigador de temas literarios en el Centro Juan Marinello, del Ministerio de Cultura.

Nuestro grupo era muy hermético, una suerte de cofradía literaria a cuyas sesiones los “no iniciados” tenían prohibida la asistencia. Que recuerde, las excepciones fueron Alberto Batista Reyes y Madeline Cámara, quienes simpatizaban con nosotros y respetaban nuestro trabajo. Hay que señalar que nuestros textos eran obviados en las antologías dedicadas a la cuentística joven de la isla (solamente Madeline nos incluyó en una antología del cuento cubano contemporáneo que se publicó en México). Aun así, creo que nuestros libros ejercieron una saludable influencia en algunos nuevos autores que empezaron a salirse, también, de las aburridas historias de becados que saturaban el ambiente literario de los años 1980.

Nos encantaba emprender proyectos colectivos, como una novela de fantasía en la que cada uno hacía, sin ningún tipo de planificación previa, un capítulo. En esa etapa escribimos conjuntamente, para la televisión, los guiones de la serie infantil Que viva el disparate e incluso la telenovela Hoy es siempre todavía (título tomado de un verso de Antonio Machado), que fue objeto de polémicas en periódicos por la forma en que presentaba las relaciones amorosas entre los jóvenes. Para cada uno de los miembros del grupo, fue un momento sumamente fructífero. Chely Lima escribió la novela de ciencia ficción Umbra (que, a pesar de haber ganado el Premio UNEAC, nunca vio la luz y hoy está perdida); Alberto dio a conocer los cuentos de Consultorio terrícola, y juntos hicieron las historias policíacas de Los asesinos las prefieren rubias y el libreto de Violente, la primera ópera rock cubana. Por su parte, Daína escribió Confesiones eróticas y otros hechizos y cuentos como Nuestra señora de los ofidios y Ciudad de extraño rostro (este último inspirado también en nuestras “reuniones secretas”). Yo escribí El Sueño, una novela para niños inspirada en motivos de la mitología afrocubana.

Me he extendido al hablar de esta etapa porque fue clave para mi evolución como escritor y para reafirmarme en el tipo de literatura que quería hacer y que desde entonces he seguido haciendo. Para nosotros, esos encuentros eran una celebración de la libertad creadora. Solíamos decir, en broma, que el apartamento de Trespalacios era algo así como “La Zona” de la que se habla en la película Stalker, de Tarkovski: un lugar donde todos los sueños y los deseos podían convertirse en realidad…”.
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